El 2008

A diez años del conflicto Gobierno-Campo, pensamos cómo ese enfrentamiento movió no sólo estructuras económicas. Se trató del acontecimiento de una generación, más allá de lo estrictamente político. La música, otra vez, no quedó al margen de lo que ocurría socialmente.

por Santiago Lecuna

Hace diez años Carlos Tévez ganaba la Champions League con el Manchester United. San Lorenzo, con Ramón Díaz en el banco y nueve jugadores en cancha, eliminaba a River Plate de la Copa Libertadores en el Monumental. Malena Pichot era aún La loca de mierda que subía videos caseros a YouTube. En la TV Pública comenzaba la cuarta temporada de Peter Capusotto y sus videos de Rock, con el debut de Micky Vainilla y Bombita Rodríguez. Transcurría, con picos altos de popularidad, el segundo mandato de Lula Da Silva en Brasil. La banda revelación para la Rolling Stone y el Suplemento No en ese 2008 era Onda Vaga, gracias a su disco Fuerte y Caliente. A su vez, El Mató a un Policía Motorizado cerraba su trilogía con Día de los Muertos. El Indio Solari invitaba a Andrés Calamaro a subir al escenario Único de la Plata. Intoxicados lanzó su último material discográfico durante ese año. Y la 125.

Entre cortes de ruta, pantallas partidas, movilizaciones de la CGT y de la Sociedad Rural, quemas de pastizales en la reserva porteña y cacerolazos que sorprendió a propios y extraños, transcurrió el largo conflicto fundacional de la recién iniciada presidencia de Cristina. El aumento del impuesto a la exportación de granos despertó el furibundo rechazo de quienes, aún teniendo el poder económico, no se resignaban a dejar en otras manos el poder del ejercicio del Estado.

A su vez, era el germen de la militancia kirchnerista. Miles, muchos de ellos por primera vez, sintieron que era el momento de copar la calle para que no se llevaran puesto a un gobierno con el que, también por primera vez, se veían identificados. Nacía, así, una lógica. Una militancia que sale a la calle a bancar y no a demandar y que se entendió a sí misma como la última línea de defensa de un proyecto político cuyos adversarios eran demasiado poderosos. En definitiva, y esto es lo que nos interesa, se trató de una camada de jóvenes y no tanto que sintió el llamado de la historia, después de que esta fuera decretada inútil.

Sin cinismo y sin idealismo, es el suceso generacional de muchísimos que sintieron que esa lluvia sí mojaba. La apuesta colectiva de una generación que atravesó una paradoja de época: somos más libres pero menos iguales. No conocimos el alegrón de ser número bajo y zafar de la colimba. Aún con límites, asistimos a la transformación de lo que una familia o una pareja deben ser en pos de una perspectiva más amplia y flexible. En paralelo a estos fenómenos, somos cada vez menos iguales. Es decir, cada vez más pobres. El paso del tiempo parece que hace más empinado el acceso a una vida digna.

Dentro de ese cruce se desenvolvió, con sus características, la década del noventa. Desfachatez e índice de desempleo récord. Babasónicos tradujo el sentir de esta época en su disco Miami, de 1999. Al mismo tiempo, el recorrido hacia la masividad de enormes bandas como Los Redondos o La Renga podía interpretarse como el último lugar de encuentro para una juventud a la que se le cerraron demasiadas puertas. El rock barrial es permeable de leerse de esa manera. Los pibes de los barrios van a la esquina a zapar porque la fábrica cerró, el mundo laboral no precisa tanta mano de obra como en los años de sus padres.

¿Cómo podemos entender los dos mil? ¿Bajo qué bandas, discos o movimientos artísticos podemos poner bajo la lupa ese periodo? ¿Cómo hacer este ejercicio cuando ya no hay grandes bandas y cuando el rock tiene demasiados ídolos sexagenarios?

Es una pregunta prematura, pero hay caminos que no llevan a ningún sitio. No tiene ningún sentido abonar la creencia sobre la crisis de creatividad que atraviesa en general a la música y en particular al under. Para quienes quieran, hay una escena independiente y emergente activa y creativa. Que a la industria no le interesa realizar sus apuestas win-win allí es otro cantar. Aclaración: llamamos industria al frankestein compuesto por los grandes sellos discográficos con proyección internacional, los medios masivos especializados tradicionales (gráfica, radio, TV) y los escenarios (clubes y estadios) más emblemáticos de la ciudad.

Pero todas estas trabas no alcanzan para justificar la creencia del triste fin de la creatividad musical. Después de todo, siempre hubo obstáculos y la música supo entregarnos formaciones inolvidables. E insistimos, se supone que asistimos a un tiempo donde somos más libres que nunca. Difícilmente la policía detenga a un pelilargo que toca la guitarra en la vía pública, le pida documentos y le haga pasar la noche en la seccional. Decimos esto cuando el arte callejero sufre una avanzada prohibitiva por parte del Gobierno de la Ciudad, que lo pone al nivel del delito

Lejos de pensar en la represión como un estimulante necesario, cabe preguntarse qué clase de libertad vivenciamos ante la erosión constante de nuestras condiciones materiales de vida. O por lo menos interrogarse sobre las expectativas que produce esa libertad para una generación que creció entre la precarización y flexibilización laboral junto a un horizonte de expectativas forjado por el viaje a Disney y la seguidilla de hits televisivos con los que Cris Morena, poniéndolo en voz de huérfanos o hadas, aseguraba que todo, todo, todo es tuyo si querés.

Ese marco produce un sujeto que es el único responsable de su futuro. O sea, aislado de la totalidad social y sus relaciones asimétricas de poder. Se forjó así una generación que con el movimiento correcto puede hacerse al mundo en sus manos. Un imaginario intenso, una ruleta rusa atada a mil variables inaccesibles pero que se presenta a disposición de un jugador certero. En tanto dueño de su destino, no hay lugar para movimientos inocentes. Pleno de ruleta o banca rota, hay pocos atenuantes y un único responsable.

Con esas reglas, se vuelve atípico que ese sujeto se arriesgue a lo desconocido, que busque nuevas experiencias por fuera del radio familiar. Aun con la libertad de bajar la discografía de cualquiera banda, aun con la posibilidad de escuchar en vivo toda clase de música, estamos ante un sujeto encerrado sobre mismo. Conservador.

De esa creencia se desmarca el 2008. El sello de esta época no es el regreso de tal o cual artista o banda legendaria. Sino un movimiento que en lo musical se expresó a partir de una diversidad de propuestas que patearon el tablero al evitar caer en el escepticismo reinante que lleva al inmovilismo, a refugiarse en lo conocido. Al mismo tiempo, fue un fenómeno que se desarrolló en clave colectiva. Sellos, festivales, encuentros, peñas, ciclos donde sin menguar en compromiso, priman lazos de comunidad y amistad. La relación de competencia con el colega se extingue a la vez que el artista asume una posición más activa frente al letargo de una industria que siempre apuesta al caballo ganador.

Por su puesto que la autogestión no se inventó en la última década (El Otro Yo, La Renga, Pez, por mencionar algunas, fueron experiencias autogestivas que surgieron en los ´90), que debe revisarse qué se hizo para desembocar en la actual coyuntura y que pueden tratarse de sucesos susceptibles sólo a ciertas subjetividades. Con todos los reparos, es una generación que pudo tomar caminos distintos pero cuyas acciones estaban motivadas por una raíz común: es posible transformar el estado actual de las cosas en pos de un horizonte más justo. Y eso es algo que debemos hacer juntos.

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Maxi dice:

    Hermosa y valiosa cronica. Santiago Lecuna, a quien tuve necesariamente que agradecer y criticar en la nota del Pity, aauj se luce en retorica y puntuacion. Bravo !

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