Se la tenían jurada

El derrotero delictivo del “Pity” Álvarez da para todo. Se lo puede crucificar, justificar y explicar. Es su culpa, es la del tan destroyer como careta ambiente del rock, o se debe a una infancia dura. Acá no recibimos ningún cuaderno con ninguna anotación precisa, por lo que no haremos juicios. Pero sí nos preguntaremos sobre un artista que podía traducir el pulso cotidiano de los suburbios en canciones que despabilaban a una industria musical con pocas novedades.

por Santiago Lecuna

Cada tanto, surge una formación que reúne nuestras ilusiones prefigurándose como la Nueva Gran Banda que va a salvar a la música del letargo que provoca la falta de novedades. Al poco tiempo, y casi sin pensar, esa misma formación artística se convierte en la Última Gran Banda. La industria cultural, a través de la gran prensa especializada de rock, la consagra, le abre las puertas al salón de la fama del rock nacional.

¿Cómo ocurrió eso? ¿Cuándo pasó de la ilusión por lo que puede ser a la nostalgia por lo que fue? ¿Vivenciamos ese proceso en algún momento o de alguna manera?

El derrotero delictivo del malogrado “Pity” Alvarez es una buena manera de encarar esas preguntas. No tanto por el personaje en sí, sino por el efecto que su obra tuvo en tantos a lo largo de los años. El Pity puede ser explotado como un morboso personaje devenido en gatillo fácil. También es alguien que le cantó a una generación entera, o mejor dicho: cantó sobre una generación entera.

Intoxicados y Viejas Locas fueron las bandas de sonido de mi adolescencia. No era tanto una decisión ni era un fiel seguidor de sus shows en vivo. Simplemente, allí estaban sus canciones. En el boliche, en la fiesta de egresados, en las juntadas con amigos o desde el celular de alguien siempre sonaban, musicalizando los más diversos lugares y momentos. Creo que esa es la potencia misma de una mercancía cultural de masas. Las bandas o artistas que gracias al despliegue de sellos, productoras y medios hacen que tus recuerdos más personales tengan cierta música de fondo más allá de tus gustos. No vamos a criticar eso que, bien utilizado, puede ser la virtud de la masividad.

El drama del Pity me pega por varios flancos. Además de estar presente a través de sus canciones, era demasiado parecido a nosotros. Creo que eso también conspiraba para no brindarle una escucha atenta. Ese lugar era reservado, seguramente con cierta solemnidad estúpida, a las vacas sagradas. Había mitos muy poderosos, voces históricas que había que venerar. El “Indio”, Charly, el “Flaco”, Luca, Cerati. Cada uno con un consenso de reconocimiento ganado más allá de la esfera rock. Sus obras tenían un aura de otro tiempo. Sus discos pueden ser un viaje a la contracultura de los setenta, a la bohemia de los ochenta. Era vivir otra época.

Imposible ese lugar para el Pity. Sólo era algunos años más grande que nosotros, lo que le hizo mamar otro país. Como nosotros, creció con Coto o el call center como el comienzo laboral inexorable. Esa paridad que teníamos con él crecía por el mundo que narraba en sus composiciones, que era el nuestro. ¿Por qué es importante esto? Generalmente, ese mundo era narrado por otros quienes o no nos veían o sólo veían promiscuidad y degradación.

La mirada que priorizó la prensa especializada era de color rojo sangre. Las canciones del Pity, en esa sintonía, eran crónicas policiales en formato sonoro que transcurrían en Piedra Buena o Ciudad Oculta. Veían en el Pity a un reventado que hablaba de otros reventados. Una especie de Chano pero con incursiones en la pasta base y con cierto avispamiento social para relatar la decadencia de ese mundo.

A la lectura del periodismo rockero estándar puede agregarse otra. Esta dice que la obra de Intoxicados y Viejas Locas viene a narrar no la vida de delincuentes, prostitutas y dealers. Sino que narra la vida de pibes y pibas silvestres, que no tienen mucho para contar. Suena a una blasfemia para aquellos que grabaron en la vereda de la esquina su decálogo ético y moral, pero el barrio puede ser un lugar aburrido y monótono.

Lugano, lugar de origen de estas bandas, se encuentra dentro de la Capital Federal rodeado por Mataderos, la General Paz, Soldati y el Riachuelo. En esos barrios donde el último boliche abierto es la pizzería o la rotisería, lo cierto es que no hay mucho para hacer. A diferencia del rojo sangre de la prensa mainstream, aquí el color que se impone es el gris. Un grisáceo que habla de la falta de emociones de una vida demasiado normal. Pero una normalidad calibrada por la pauperización constante de las condiciones de vida, degradación material que se llevó puesto, por decir, a los cines de barrio y que hizo que cualquier salida ociosa sea, para amplias capas sociales, un lujo a darse intermitentemente.

A ese panorama de presente estanco y escasas expectativas sobre el futuro, el Pity lograba llenarlo de color. En la tradición de los grandes artistas populares, donde la mayoría ve carencias o violencia, el ojo sensible puede escribir o cantar a partir de otras tonalidades.  La temática de su cancionero es conocido. Los vaivenes y la pasión amorosa, la descripción del mundo que lo rodea (que era su Piedra Buena natal, complejo de viviendas construido por el Estado rodeado de otros barrios similares, grandes fábricas abandonadas y villas), la importancia de los lazos afectivos, sean de amistad, románticos o familiares.

Pero más allá de la temática en sí, lo destacable es que a esas vidas que acá nos damos el atrevimiento de llamar “grises”, la mejor versión del Pity las narraba con emoción, ternura y humor. Tenía la capacidad de volver hermoso lo ordinario sin la necesidad de caer en la condescendencia, el golpe bajo, en el sentimentalismo trucho, en la risotada forzada.

La generación joven de los noventa no solamente salió a la vida entre privatizaciones y flexibilidad laboral. Lo hizo con promesas de modernización y lujo primermundista para el que estaba dispuesto a conseguirlo. Cuando esas expectativas de fiestas en cruceros y vacaciones en Europa o el sudeste asiático no tienen correlato con lo la realidad concreta, el día a día puede adquirir ese gris. A contramano, el Pity podía retratar sin rebusques pero sin resignar profundidad la vida de todos aquellos que no iban a zafar.

Sería conspiranoide (sería boludo, digámoslo) pensar algo así como que la industria de la música se la tenía jurada. O sea, entender al Pity como un tipo que no calza dentro del molde de lo exigido por el mercado para su star system. La verdad es que ese mercado ha dado muestras de una plasticidad envidiable, capaz de incorporar y hacer funcionar a tan novedosas como contrapuestas expresiones estéticas. Posiblemente la maquinaria se lo deglutó entero, pero ningún ejecutivo de galera mojada y habano le hizo la boleta. En realidad, demasiado parecido a nosotros pero también distinto por su talento, el Pity está cumpliendo con su gris destino de clase. No será en un tedioso trabajo sin futuro, ni condenado a un trabajo mal pago que le recorta momentos para pasar con sus seres queridos. De una u otra forma, el tiempo no le pertenece.

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