El arte o su gesto

Año 2017. El mundo orwelliano narrado en tiempo real. El avance de la derecha colonialista en Latinoamérica. Posverdad y verdad posteada en Facebook. El opio de Netflix. Inteligencia artificial. Disforia semántica. Arte emergente o sumergente. Los métodos de producción artística ‘‘democratizados’’; y un colorido mural en la cúpula palermitana del hipsterismo anuncia que ‘‘sos un paisaje’’, mientras debajo de él una torre de mantas cubre un cuerpo linyera de la intemperie del paisaje.

por Julián Ventura

Después de todo esto, el arte.

Arte, cuerpo, verdad. Tres elementos imprescindibles entre sí. Al menos si lo que necesitamos es conmovernos y no entretenernos. Pero si pensamos en las tantas veces que nuestras necesidades viven a merced del mercado, cómo no vamos a querer que el protagonista de la tira se tarjetée una línea de merca cada cinco minutos para mantenernos en vilo.

Si hay algo que no vamos a encontrar en el arte concebido meramente para entretener es zonas de riesgo. Ni para el artista, ni para el espectador. Y acá le empezamos a ver los hilos a la cuestión: la falta de riesgo como consecuencia (o causa, quizás) de una sociedad que evita la angustia a como dé lugar. La angustia real, no el melodrama. La angustia como interrogante, como puerta a lo desconocido, como golpe certero a los cimientos que nos mantienen en pie. Por eso la eficacia de ‘‘la revolución de la alegría’’, que viene a materializar todo este escapismo en un par de significantes buena onda y decretos de felicidad para todos. La palabra partida en dos: el significado es puro tecnicismo innecesario.

El cuerpo queda entonces en un lugar bien lejos de la angustia, escondido entre capas y capas de gestos. Gestos que pueden aparecer como lugares de pertenencia, como por ejemplo el surgimiento de cantidades de embajadas palermitanas de Spinetta, o peor aún: tantas voces cantando todas iguales como egresadas del mismo instituto o candidatas de Operación Triunfo. Perfectas, bien afinaditas, bien proyectadas, limpias, impolutas. Digo “peor”, porque si pensamos a la voz como sinécdoque de sujeto, como símbolo de individuo, es muy difícil concebir tantas similitudes, tan arraigado el mismo concepto de estética.

El desarrollo de un lenguaje subjetivo, ni por asomo. Porque ahí no está puesto el foco, sino en el resultadismo del producto final. El camino y todo su potencial transformador, todos los hallazgos que la investigación en el proceso creativo puede develar como necesidad expresiva, quedan relegados a un plano sin importancia. Tanto es así que, en términos formales, al camino le llamamos carrera. Seguramente estamos muy apurados por ganarla, por llegar no sé a dónde.

Esa misma ansiedad toma lugar también en el mundo paralelo de las redes sociales, que sin lugar a dudas es uno de los mejores espacios para observar los resultados de la ausencia del cuerpo. Me atrevo a decir que más de la mitad del contenido y su intención de mensaje, el emisor no podría reproducirlos con su voz y su cuerpo presente delante de su potencial receptor. Y acá se me hace presente una de las canciones del último disco de Duratierra diciendo que ‘‘si vas a hablar mejor que digas algo, porque el silencio es mejor que la nada’’.

Toda esta lógica no entiende de cuestiones de mercado, acá no hay mainstream ni under, sino que se cuela en todos los sectores del arte en mayor o menor medida. Por eso me parece importante desarticular el concepto totalitarista y desacreditador de algunos sectores de la cultura emergente con respecto a todo lo que existe dentro del mundo nomenclado como mainstream. Si ya de por sí era difícil delimitar las fronteras entre estos dos mundos, mucho más complicado lo es si lo pensamos en relación a sus contenidos y a la construcción de un lenguaje simbólico propio de cada sujeto.

La memoria del cuerpo tiene algo para decirnos mucho más allá de los caprichos de la cultura que nos rige como lugar de correspondencia. No podemos salir ilesos del arte si en él hay verdad, y la verdad de cada sujeto sólo aparece en presencia del cuerpo.

‘‘Me atrae ardientemente la belleza -escribía Roberto Arlt en el prólogo de Los lanzallamas- .¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados’’

Sus palabras, siempre tan necesarias, son hoy tan actuales como cuando fueron escritas.


*Ilustró la portada: Daniela Corvino

 

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