Ante el ajuste, nuevos rumbos

¿Hacia dónde van las producciones culturales en tiempos de recesión económica nacional? ¿Qué modelos de transformación cultural pueden servirnos de faro en un mar de ajustes? ¿Qué construcción de identidad puede otorgarnos la cultura, si el foco está en el esfuerzo para producirla en paradigmas que le son hostiles? ¿Cuáles son las alternativas a la construcción cultural y cómo toman un rol fundamental en la época actual?

por Alejo di Risio

Los viejos paradigmas nunca caen solos, no se derrumban solamente por el constante paso del tiempo. Se resquebrajan y despedazan cuando nuevas estructuras se alzan bajo ellos: y dinamitar viejos sistemas es imposible sin reemplazarlos por otros. Sabemos que el actual modelo económico se profundizará en poco tiempo. Esto implicará un terreno aún más difícil para la producción de cultura en nuestro país. El vaciamiento del sector cultural en el Estado, y la simultánea eliminación de los programas de políticas públicas, el recorte del sector audiovisual, la intervención del INCAA, entre otras, fueron políticas de avance sobre la eliminación de la producción de identidad nacional. El advenimiento de los tratados de libre comercio de nuestro país también representa una amenaza para el acceso libre y gratuito a la cultura de la ciudadanía.

A pesar de este panorama para los sectores que producen cultura, su consumo en nuestro país no parece que fuera a descender. El acceso a formatos y producciones es muy variable según sector económico y geografía, pero en promedio se encuentra entre los más altos de Latinoamérica. La radiografía más actual con la que cuenta nuestro país es la Encuesta Nacional de Consumos Culturales y Entorno Digital realizada por el Sistema de Información Cultural de la Argentina en 2013. En la misma se detalla cómo el 99% de la población escucha música en diversos formatos y, en promedio, de dos horas y media diarias. El 86% de la población también utiliza la radio más de una hora al día, y un tercio de ellos lo hace a través de su celular. El 98% de la población mira la tele en promedio de más de dos horas y media por día y más de la mitad lee por lo menos un libro al año. ¿El acceso a Internet? El 61% tiene en su hogar, y apenas pocos más acceden con regularidad. Dato extraño para los citadinos, que tan acostumbrados estamos a ver los dispositivos digitales como prótesis inseparables de cuerpos. Como una necesaria extensión para acceder al conocimiento. Estos números cuentan una historia donde un tercio del país sigue sin estar digitalizada y no por eso deja de acceder a la cultura, o de ser ciudadanos con identidades e ideologías manifiestas.

Porque el consumo cultural conlleva necesariamente ideología, construcción de identidad. Los sentidos fabricados funcionan como pequeños transportadores de moral, de ética. Las historias que nos cuentan son en parte revividas por nosotros como experiencias para hacernos partícipes de su ficción y, así, transformarlas en nuestra realidad. Legislar sobre cultura, y producir políticas públicas a su alrededor, es hacerlo sobre nuestra identidad. El remitirla solamente a modelos mercantilistas, que la entienden íntegramente como industrias culturales, es someterla a rendirse al mercado internacional. La construcción cultural de grandes focos como Hollywood permea así en todos los sectores y construye una identidad que no es propia, que es de otros. Un colonialismo cultural que nos somete a una moral externa, que nos vuelve dependientes. El confundir a la cultura con entretenimiento u “ocio cultural” solo banaliza su rol fundamental y relega la producción a quienes disimulan su intención.

Lograr la independencia ideológica cuando el Estado no sólo deja de acompañar, sino que amedrenta y fomenta los modelos tradicionales, es prioridad. Para decapitar al modelo que sólo ve productividad en nuestra cultura hay que reducir la necesidad de tener plata para formar parte de los circuitos de acceso al arte, apostando a la creación de material de circulación libre como alternativa. En este eje, las licencias Creative Commons (CC) proveen a los artistas de una herramienta fundamental para la difusión de su contenido sin perder el patrimonio sobre el mismo. No atribuir ninguna licencia sobre una obra puede hacer que la misma caiga en el dominio público y que por ende, sea utilizada por terceros para obtener rédito propio. Para el caso de Internet, donde los grises legales nos dejan a la deriva, las licencias CC presentan hoy en día una alternativa ideal para aquellos artistas que quieran a dar difundir sus obras sin perder control sobre las mismas. Al fin y al cabo, los derechos de autor representan hoy en día la protección para que muchos artistas independientes puedan editar su material sin depender de discográficas industriales, subsidios, mecenas u otros apoyos económicos.

Es el momento de redoblar la apuesta a las redes de producción, difusión y acceso a la cultura. Los medios independientes son espacios que reproducen, amplifican y visibilizan los modelos alternativos, la autogestión, la economía colaborativa y el intercambio. Todos senderos que indudablemente quedan por explorar de forma masiva en la producción cultural, en las nuevas maneras de encontrarnos con el arte y el sentido. Hay una dosis potente de esperanza y trabajo necesarias, pero donde nuestra primera reacción podría ser la desazón es que necesitamos canalizar esfuerzos y hacer de ellos nuestra bandera. Convertir la falta de patrón estatal en una fortaleza, un camino inevitable hacia la independencia del sector. Cuando deja de haber apoyo, es que aprendemos a andar de pie.

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