Roberto Arlt: técnica y literatura

Aviso: esta nota se toma varias licencias. O no tanto. Nos corremos de la música y nos centramos en la literatura. Los avances tecnológicos, eje de este número, son abordados pero corresponden a los del primer cuarto del siglo XX. A su vez, el inventor no es un joven emprendedor de Silicon Valley. La coincidencia principal cala más hondo. Hoy con las redes sociales y las llamadas tecnologías blandas, ayer con las técnicas de galvanizado o la producción industrial en serie. El progreso técnico sigue siendo la estrella que no se agota.

por Santiago Lecuna

En la obra de Roberto Arlt, los personajes se encuentran en una zona moralmente borrosa. Son individuos que surcan el margen de lo permitido o están directamente inmersos en la ilegalidad. Desfilan, así, prostitutas, ladrones, cafishos, dementes, fanáticos, conspiradores, estafadores. Pero también hay en la literatura de Arlt otro tipo de personaje, que encierra un doble movimiento. A la vez de marginal, está absolutamente integrado.

Este tipo de personaje está presente en sus distintos trabajos, pero asume toda su potencia en Remo Erdosain, protagonista de Los siete locos y Los lanzallamas. Erdosain no roba, no estafa, no tiene vicios, tiene una casa y una mujer. Es un empleado administrativo más en la Buenos Aires de la década del veinte. Podría decirse que es un ciudadano integrado, que cumple con su papel en la estructura social. Sin embargo, no basta con ser un puntual trabajador y evitar los bajos fondos porteños para no ser un hombre desesperado. Porque Erdosain, aunque productivo y funcional a la sociedad industrial de masas, vive estremecido por la angustia. Está atravesado por la desazón y la apatía que lo lleva a estar tan moralmente derrumbado como el proxeneta o el estafador.

Y acá asistimos a un tercer giro en el trabajo de Arlt. Este personaje gris e integrado, ese hombre que no es más que otra abeja en el panal es aquel que, pese a sus delirios emocionales, puede generar un terremoto que haga tambalear los cimientos sociales.

Esto sucede porque, contra el pesimismo imperante, la obra de Arlt no escapa a los aires de su tiempo que, con cambios, es el nuestro y es el que viene estructurando nuestra vida desde el momento en que ir a la Iglesia dejó de ser algo tan normal y natural como hoy sería, digamos, revisar Facebook. Estamos hablando de la fe en el progreso humano apoyado, fundamentalmente, en el desarrollo científico-técnico. De la racionalidad como forma de interpretar el mundo, alejada de toda perspectiva o punto de vista legitimado en el mito, la religión, la tradición o la superstición.

De esta fe moderna Arlt va a renegar pero, siendo un lúcido cronista de su época, es imposible que ignore las reglas de juego. De esta manera, el autor construye sus mundos literarios entendiendo cuál es el espíritu dominante de su época; pero siendo crítico, enfocando la lupa en aquellas zonas opacas que los ilustrados escondían debajo de la alfombra.

Arlt es observador a la distancia de la catastrófica Primera Guerra Mundial y es habitante de una Buenos Aires que combina los edificios fastuosos que parecen trasplantados de las grandes capitales burguesas europeas con la crisis demográfica producto de la inmigración transoceánica; es testigo de las condiciones de trabajo esclavistas por la desordenada industrialización, del conventillo hacinado y del local partidario donde en italiano o alemán se discute la huelga general.

No es ajeno a las consecuencias sociales en un mundo y una Argentina donde parecía que de un momento a otro todo volaría por los aires. Así, mientras la élite, aún anclada en el centenario de la Belle Époque, veía en Buenos Aires a la París sudamericana, Arlt narra el desasosiego de los hombres destinados a ser un engranaje de una gran máquina que ignora sus partes.

Remo Erdosain es una pieza más de ese sistema y la salida que encuentra, aunque maximalista, no deja de ser en la lógica que el sistema propone: a través de la técnica (Remo es, o cree ser, un genio inventor) y a través del cambio social, impulsado por los hombres. Así, aunque no es la esperada por el Estado del primer cuarto del siglo XX, la respuesta es en sus mismos términos.

¿De qué términos estamos hablando? Lo dijimos arriba cuando hablábamos del clima de época, que es el de ayer y hoy. No serán los libros sagrados ni ninguna divinidad mágica lo que brinde las respuestas a nuestras preguntas. Es el hombre a través de sus métodos, su empeño y su organización el que puede conseguirlo. Esta es una de las claves de la época moderna. Incluso un miserable como Erdosain, un tipo que odia su trabajo, pisoteado por todos los que lo rodean, alguien que ya ni siquiera es capaz de amar a su mujer, alguien que no puede desear y que está convencido de su infelicidad, es también alguien que percibe que no tiene obstáculos para, junto a otros miserables como él, proponerse cambiar de tajo las relaciones que estructuran la sociedad. Ni más, ni menos.

Esta posibilidad de cambio inoxidable al tiempo y las circunstancias es el pulso que regula el ritmo de la modernidad. Más allá de las velocidades que puede tener ese pulso (¿se trata la posmodernidad, en definitiva, de un pulso más acelerado?), supone un cambio radical a la inmovilidad religiosa, a la vida regida por Dios. El discurso sagrado se auto-narraba con un punto de partida y otro de llegada, que era el paraíso o el infierno. La vida en la tierra era un capítulo secundari y transitorio al lado de la salvación eterna. De esta manera, el hombre pre-moderno entendía su vida (terrenal) con resignación pero también con la calma y la serenidad de saberse una mera circunstancia.

Ese paradigma es el que estalló, al poner en el centro de la historia al hombre. Ahora este depende sí mismo. Se sabe con el destino del mundo en sus manos, y con esa presión debe convivir. Esa es la curva que atraviesa Erdosain. Los hombres son capaces de controlar fenómenos climáticos, de tripular naves para viajar más allá del planeta Tierra, de extender y arrasar con la vida humana. Al mismo tiempo, los hombres siguen sin encontrar respuesta a esas preguntas claves que la religión sí sabía contestar: de dónde venimos, hacia dónde vamos, para qué nos despertamos cada día, cada mañana. Qué pasará cuando ya no abramos los ojos.

El escenario que configura el autor construye otro mundo que dialoga con la realidad tangible pero no lo hace de modo resignado. En este sentido, podemos entender a la literatura (y a las artes en general) como la posibilidad de imaginar una alternativa posible. En su locura, Erdosain encuentra una respuesta radical que tiene un dejo colectivo. Es un loco entre otros que, pese a sus diferencias, solo juntos pueden llevar adelante su proyecto revolucionario. Aunque de manera fatal, la angustia no se canaliza individualmente sino junto a la de otros desdichados, en conjunto.

 

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