Dulces y eléctricos en La Central

Lejos de las raves de moda, la electrónica se desenvuelve y genera sus espacios. Con Central Eléctrica confluye un movimiento que a base de electropop, house y electroclash, le da ritmo a la ciudad. Lejos de todo futurismo, en esta nocturna aguafuerte, las máquinas no tienen otro fin y uso que, a través de la ceremonia del baile en comunión, transportarnos a un tiempo ancestral.

por Karl Lazaro

Doy vueltas como trompo en casa. Meses atrás me invitaron al showcase de un sello discográfico llamado Central Eléctrica. Miro el reloj recordando la indicación de llegar temprano. A las veintitrés, empujo la puerta. Cruzo Juan B. Justo encarando al kiosco de las empanadas gigantes. Por $38, me llevo una porción de alimento grande como tu mano abierta. Camino lento por Godoy Cruz, cruzando Córdoba veo la población con sus mejores galas, algunos ya de vuelta... Confundido, doblo en Gorriti, busco la altura, doy con un galpón/taller… me parece cool. ¡Qué under esta gente! Camino hasta la curvita de la esquina en plan explorador y veo unos pibes fumando de la lata. Vuelvo a pasar, no hay ningún cartel que diga 5317. No es Honduras. Me burlo de mí y avanzo una cuadra más.

***

Hay gente por todas partes, son varios los boliches en la cuadra. Veo personas de dorado. Le pregunto al seguridad dónde es la boletería. Pido mi entrada.

-No podés pasar todavía.

Mientras pasa desfilando gente en busca de, me siento en el banco de la vereda. Hay menores dando vueltas, con ropa de marca y borrachos. Se forman grupos. Entro al lugar mientras el seguridad no está. Espío cómo van desarmando el show anterior. Tocan mi hombro.

-Te dije que no podías entrar.

-Pero…

-No es no

Lo noto preocupado, le pregunto su nombre -Aldo- y responde amablemente. Soy un pibe bueno, lo convenzo. Charlamos un rato.

-Entregaron el lugar tarde -me revela.

Dan sala 1:15 am. En el escenario hay una batería, no lo esperaba. Hay 37 personas (las conté), un DJ está pasando música y su canción dice algo de ser robot. No pregunto nada, lo dejo ejecutando sus funciones antes de que me vea como simpatizante de John Connor.

El DJ es Danilove y usa mixx, lo banco mucho por eso. Van 45 minutos de música programada, canciones amables que generan una atmósfera distendida y se dejan disfrutar; algún estribillo, algunos minutos instrumentales, nunca una pausa ni un cambio de clima. Me acomodo en un reservado y el host me trae un whisky. Me siento tan bien, que sólo pienso en disimularlo. Pero no puedo y le sonrío a todos los que pasan. Van sumándose personas, un grupo de chicas baila en el centro del lugar. La música suena pareja, la acústica es buena y los graves avanzan sin obstáculos. El lugar tiene luces por todas partes.

En el escenario comienza el movimiento. Son las 2:20 am, el voltaje necesario para que arranque USV con su cuarteto rapero electrónico.

-Son una banda cordobesa.

-¿Cómo se llaman?

-USB pero con Be corta. Unión Saint Vicent.

***

USV (Union Saint Vicent). Formato banda: batería, bajo, cantante guitarrista (Pablo Di Rienzo) y percusión eléctrica metiendo coros (Martin Altamirano). Su apuesta es el loop mántrico con cadencia armónica. Avanzan en la melodía repitiendo el groove. El cantante no se exige en la guitarra y canta divertido. El bajista tiene toda la facha y además es el responsable de disparar pistas y mantener con su línea el swing de la banda. Sí, usan autotune: lo hacen sutil y dulce. Son una banda dulce. Sus canciones hablan de las olas, el disfrute del alcohol y las cosas divertidas para fumar. Nos llaman a bailar y lo hacemos. Invitan a Diego Pinche[r], quien sube tuneado de Ramone con zapatillas naranja resplandeciente y anteojos, aúlla suavemente y nos divierte con su canción. Todos se sueltan y bailan. Hay fiesta. Me convencen de que son la nueva rola. Terminan muy arriba y la gente pide otra.

No hay un minuto de silencio. Berger toma el intervalo como propio y nos mata con bajos demoledores y bases ultrarepetitivas que confundo con psycho. El ambiente y la forma de disfrutar este show depende mucho de la actitud que uno mismo lleva. Disfruto ver cómo bailan todos. Algunos lo hacen realmente bien, sueltos y dinámicos. El flujo energético es intenso, las personas son bellas acá y allá, sus vestuarios tienen detalles sutiles, algunas se animan a calzados claros con plataformas llamativas, otros tienen capas de colores. La piel se muestra tímida, el baile no.

***

Camino por el lugar, pisando las ganas de verlo a Patokai. Salgo a fumar un Cienfuegos corto. Aldo, en la puerta, me convida fuego inmediatamente.

Veo una escena. Hay tres chicas, agachadas, una vomita mientras un tipo con el ojo emparchado les dice que se paren, que si siguen agachadas va a seguir largando todo.

-Dejá que largue todo, chabón, no te metas- le dice una, otra desaparece. Quedan dos. Le pregunto al seguridad si ve esto a menudo, me dice que no: labura hace varios años en boliches y vio situaciones peores, no le pregunto cuáles. Me divierto fumando y viendo cómo el señor emparchado sigue intentando convencer a las pibas.

-Dale boluda, parate, no vas a terminar nunca si seguís agachada, ¿le dieron agua?

-Sí, ya le dí.

-Dale más.

-Dejá de joder.

Parecen preocupadas y de dieciséis. Me alejo un poco, cuando lo veo al tipo venirse encima a decirme algo, lo esquivo pero él encara hacia Aldo y le dice no sé qué. Vuelvo, compro una lata de Pepsi a $50. Son las tres y once. Tumulto, luces, griterío, intentos de cantar el feliz cumpleaños. En el escenario hay un guitarrista y un chico ninguno con un par de artefactos y teclados. Abruptamente un tipo atlético entra a escena vestido todo de rojo

***

PATOKAI: Cantante con dos músicos, chico ninguno en teclas, botones y coros y un barbado en la guitarra que debutó en ese show. ¿Qué es Patokai? Primero, Patokai es un tipo licenciado, médico clínico y otras ciencias no magufas. Que hace música. ¿Hace música? Bueno, en realidad Patokai lo que hace es intervenir en la realidad. Te da órdenes, te dice que existas, si no lo entendés te lo dice en inglés y si te gusta cómo canta en inglés, lo explica en español. Entonces te confunde, y cuando te confunde, logra eso que quiere. Hacerte salir de vos. Todo el tiempo está al palo. Baila, corre, grita, recita, susurra, te grita de vuelta. Busca algo, tal vez ofender, aunque estoy seguro de que no transpira en invierno. Su música no es caótica, es bella. Él, sin embargo, canta lo que le va pintando. Disfruta, se convierte en público de su propio show y no para de existir. Es imposible negarlo, está ahí con su ropa diseñada para él, para ese momento, con su look imposible. Con su energía arrasadora. Los loops se manejan con destreza atrás de su cantar imparable, el guitarrista solea cuando le toca, riffea cuando pinta. Si la gente fuera otra, estaría pogueando. Lo que veo es alegría. Entiendo su mensaje positivo viendo al público cantando y bailando sus canciones. Invitan a un saxofonista y el clima se pone oscuro, ahí es cuando más me gusta, hago migas con los de alrededor. Bailamos en tribu, los entes bajan, él también se mete entre el público. Es extraño y todos parecen estar de acuerdo. Ya fue el pensar, acá es bailar y descubrirse vibrando en su frecuencia aplanadora.

Nadie quiere que termine, pero termina; y termina tan tajante como empezó. Berger impide el minuto de paz (le encanta hacerlo). Inmediatamente arrancó con su set. Techno duro y muchos bpms. Bases hiper-repetitivas y sus dedos anillados yendo de acá para allá en la bandeja. Aflojando graves, subiendo agudos. Dejando el kick del bombo. A veces deja todo programado y sale corriendo detrás de escena.

Escapo de ese trance hipnótico y de nuevo me refugio en un reservado, donde veo que duerme un flaco. Si él puede dormir, yo puedo descansar. Accedo a mi computadora de bolsillo y le escribo a un chico si quiere venir o si puedo saludarlo. Voy despidiéndome de la gente nueva y de los ya conocidos en los bits. Me digo hasta luego con Aldo y salgo para casa. En el camino, paro a ver un grupo de grafiteros: los putean algunos taxistas y unos pocos borrachos. Termino el resto de mi puro pequeño. Al borracho lo rescata una mina:

-Son quince, boludo, calmate.

A lo que los grafiteros (16-25 años) responden con risas e insultos escolares.


La foto de portada pertenece a Delfina Linares

 

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