Manuel de Falla o cuando la política hace fallar las instituciones

Cerca de cumplir sus cien años de vida, el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla” atraviesa hoy una crisis en varios niveles. El siguiente artículo realiza un racconto de los principales hechos de las últimas décadas, para dar cuenta de la responsabilidad política que poseen las diferentes gestiones del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a la hora de entender el estado de situación en que hoy se encuentra una de las instituciones de enseñanza musical más importantes de nuestro país.

por Ary Vaamonde Lin

La institución de enseñanza de la música más longeva e importante (en relación a la cantidad de alumnos y la diversidad de carreras que dicta) de la Argentina, y una de las más relevantes de América Latina, está por cumplir un siglo de vida. En ese lapso, se formaron y dictaron clases en sus aulas muchas de las más importantes figuras de la escena musical Argentina. En un par de años el Conservatorio Superior de Música “Manuel de Falla” de la Ciudad de Buenos Aires llegará a esa instancia pero, paradójicamente, no tendrá mucho para festejar: en el plano edilicio, no cuenta con un lugar propio, sino que disputa el espacio con otra institución; espacio que por otra parte resulta insuficiente. El edificio en cuestión se encuentra en franco deterioro y no cumple con las condiciones mínimas de dignidad para llevar adelante el proceso de enseñanza-aprendizaje de una disciplina artística como es la música. Además, la institución carece de los recursos y el personal que necesita para un funcionamiento acorde a sus necesidades, lo que redunda en problemáticas varias de índole organizativa/laboral, que son las que le han dado en los últimos años la fama de ser, como dicen muchos de los que transitan diariamente sus aulas, un verdadero “quilombo”.

A este estado de cosas se llegó como consecuencia de una serie de decisiones poco felices en materia de política cultural, tomadas durante las gestiones del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en las últimas décadas. Pero comencemos haciendo un poco de historia.

Desde su fundación en 1920, el Conservatorio nunca tuvo un edificio propio. Funcionó en diferentes espacios cedidos, prestados o alquilados, hasta que en 1969 se trasladó al Centro Cultural General San Martín. El crecimiento de la institución, producto de una demanda cada vez mayor, hizo que hacia finales del siglo fuera insostenible continuar en ese lugar dado que los espacios resultaban insuficientes. Era necesaria una solución definitiva.

En 2003, la gestión del Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra y el Secretario de Cultura Jorge Telerman, tomó la decisión de trasladar la sede central del Conservatorio a su actual ubicación, en la esquina de las calles Gallo y Sarmiento, barrio de Balvanera. Pero no se trataba de una solución definitiva a la problemática edilicia ni mucho menos. El edificio era compartido con otra institución educativa, el Conservatorio de la Ciudad Buenos Aires[1] (hoy llamado “Astor Piazzolla”), cuya comunidad no tomó de buen grado que muchos espacios con los que contaban para desarrollar sus actividades fueran, de la noche a la mañana y sin previo aviso, reasignados a otro uso. Por otra parte, las históricas demandas de contar con espacios acustizados para poder desarrollar la práctica musical con dignidad no habían sido atendidas en lo más mínimo.

El edificio era (y es), apenas, un viejo laboratorio remodelado muy superficialmente, donde se hicieron “aulas” con un par de placas de yeso y cartón oficiando de paredes sin ningún tipo de tratamiento acústico (muchas de estas aulas carecen de ventilación y ventanas al exterior), sin una sala de conciertos (algo básico en una institución musical), que no cuenta con salida de emergencia, ni instalaciones sanitarias ni accesos para personas con movilidad reducida (en clara contravención a varias normas de habilitación del propio GCBA). Y si bien, distaba mucho de ser la solución largamente esperada por la comunidad, durante los primeros años, mientras estaba recién pintadito y con las alfombras nuevas, el “parche” fue aceptado.

***

Pasó el tiempo, llegó la gestión del PRO a la Ciudad y el Conservatorio seguía en la misma situación, que con el correr de los años fue empeorando. Empezaron a ser notorias las falencias de origen del nuevo edificio, merced a la falta de recursos cada vez más acuciante, que redundaba en falta de mantenimiento crónica: alfombras sin limpiar ni cambiar por años, paredes que nunca más se pintaron, pedazos de mampostería que iban cediendo y dejaban paso a preciosos agujeros, instalaciones eléctricas siempre defectuosas que provocaban ocasionales incendios, filtraciones, etcétera, etcétera… Los instrumentos musicales también corrieron la misma suerte: pianos eternamente desafinados, violines y contrabajos rotos o mal reparados, guitarras que tenían más utilidad como leña para el asado que otra cosa. A esto hay que sumarle la decisión de la gestión de Mauricio Macri de cortar el ingreso de nuevo personal (que impedía, por ejemplo, sumar más personal de limpieza, que era insuficiente), particularmente de administrativos (lo que redundaba en una atención que no daba abasto con las necesidades de docentes y alumnos). Todo esto, en el marco de enormes dificultades a nivel organizativo, inexistencia de mecanismos dinámicos de cobertura de cargos docentes (con la consecuente pérdida de clases en reiteradas ocasiones), producto en cierta medida de la falta de asistencia y acompañamiento al Conservatorio por parte de la Dirección General de Enseñanza Artística (DGEART, dirección, dentro del Ministerio de Cultura, de la que depende directamente el Falla) a cargo de Marcelo Birman. Resumiendo, podríamos decir sin temor a equivocarnos que el Conservatorio fue abandonado a su suerte.

Hacia el año 2010, se produjo de improviso una situación que complicó aún más la escena: el traslado completo de carreras que hasta ese momento funcionaban en un anexo[2] a la sede central. Y, como era previsible, si a duras penas alcanzaba el espacio para las carreras que estaban funcionando, y ya se agarraban de los pelos cuando un alumno quería estudiar guitarra mientras Durlock de por medio tenía una cantante lírica practicando un aria de Donizetti; cuando a eso se sumó una Big Band en el aula de al lado, se formó la tormenta perfecta: El Falla se tornó un caos.

La gestión de Hernán Lombardi al frente del Ministerio de Cultura porteño se caracterizó por hacer oídos sordos a las constantes y razonables demandas que durante años el Conservatorio, junto con otras instituciones muy movilizadas como la Escuela Metropolitana de Arte Dramático, le hicieron llegar. La comunidad del Falla intentó, por sus propios medios, organizarse internamente para suplir algunas de sus falencias. Se conformó un Consejo Directivo, el cual junto con el Centro de estudiantes, logró merced a una lucha encarnizada arrancarle al ministro algunas pequeñas victorias (creación de un sistema interno de cobertura de cargos docentes, realización de concursos directivos). Pero durante el segundo mandato de Macri, el grado de deterioro de la institución llegó a límites nunca antes vistos. En 2013, la Dirección General de Enseñanza Artística comenzó una refacción millonaria (paralizada al día de hoy) que anuló por completo el tercer piso. La solución “temporal” para las cátedras que allí se dictaban fue alquilar un anexo en otro barrio, contribuyendo al proceso de disgregación del conservatorio.

Y así llegamos al tiempo presente. El 2017 nos muestra un Conservatorio movilizado en pos de la problemática edilicia. El año comenzó con una imagen muy triste: el Falla, inundado. Literalmente. Durante las lluvias que se produjeron en los primeros meses, pudimos observar el dantesco espectáculo de los violines, guitarras y equipos teniendo que ser evacuados por las filtraciones de un edificio que ya no da para más. El nuevo ministro, Ángel Pettit “Mahler”, quien había asumido con la promesa de tener entre sus prioridades la resolución del conflicto edilicio, no dio ninguna respuesta concreta a los reclamos. Al parecer esta situación límite impulsó a la comunidad docente, habitualmente apática, a despertarse y comenzar a movilizarse. Se ve difícil, más cuando se mira el contexto nacional, pero ojalá el centenario encuentre al Falla encaminado a tener el espacio que se merece.


*Foto de portada tomada de la Fan page Un Edificio para el Conservatorio Manuel de Falla.
[1]El aparentemente inexplicable hecho de que en una misma ciudad funcionen dos conservatorios de música con las mismas incumbencias (y además compartiendo un mismo edificio), es consecuencia de otra genial decisión que habían tomado los cráneos del GCBA durante la gestión de Fernando De La Rúa. Cuando en 1996 la Ciudad se tiene que hacer cargo de la transferencia del nivel básico del Conservatorio Nacional López Buchardo (como producto de la aplicación de la transferencia de jurisdicciones que establecía la Ley Federal de Educación del menemismo), lo correcto y lógico hubiera sido incorporar esos recursos, horas docentes, etc., a la institución que era preexistente y tenía una amplia trayectoria como el Falla. Pero eso hubiera tomado tiempo, un trabajo de articulación y una lógica transición. Y se optó por el camino más fácil. Las consecuencias están a la vista.
[2] Hacia el año 2006, desde el seno de la comunidad surgió la interesante propuesta de la creación de nuevas carreras de Jazz, Música Folclórica y Tango. Estas nuevas carreras vinieron a cubrir una demanda creciente y ampliaron la oferta educativa del Conservatorio, lo cual es loable. El problema radica en que estos cambios se produjeron sin su correlato a nivel presupuestario y de infraestructura. La gestión Telerman autorizó irresponsable y demagógicamente la creación de carreras sin prever que quienes estudian necesitan un espacio acorde donde hacerlo (el gobierno decidió que estas carreras funcionaran en un anexo, un viejo edificio que tuvo que ser desalojado por peligro de derrumbe, lo que motivó que se trasladaran a la saturada sede central), y los recursos didácticos correspondientes.

 

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