Músicos entre la realidad y el imaginario colectivo

Un texto que propone un recorrido desde adentro en eso que día a día afecta a los trabajadores de la música, quienes en su mayoría sufren la precarización laboral y el abuso patronal, a tal punto, que eso ha quedado “estandarizado” en gran parte de los locales que ofrecen música en vivo.

por Christian Morana

Buenos Aires sigue siendo uno de los enclaves más importantes de América en lo que a cultura se refiere. Todos los días, todas las semanas, todo el año, se pueden encontrar propuestas independientes, de un nivel altísimo, de música, teatro, literatura, cine y cualquier rama o género artístico que sea de interés. Muchos de estos shows que se ofrecen de manera invisible son desarrollados en el exterior por cifras que no se pueden ni imaginar en estas calles. Me pregunto entonces: ¿qué sucedería con nuestra Buenos Aires si el Estado desarrollase políticas claras para defender el trabajo de los que se dedican al espectáculo y al arte? ¿Qué sucedería si se implementaran condiciones básicas de trabajo, obligaciones y derechos claros que tanto los dueños de los escenarios, las productoras, los técnicos y los artistas debieran respetar y cumplir? Sin miedo a equivocarme, puedo imaginar una Buenos Aires exponente del arte en todo el mundo.

Poniendo la lupa en el blues, género que transito desde hace años, la situación no es muy distinta y vengo abordándola en los números anteriores (ver aquí y aquí). Todas las semanas se pueden contar diez shows en diferentes lugares, propuestas internacionales todos los meses, proyectos ambiciosos y músicos argentinos girando por el mundo en todo momento. ¿El Estado? Ausente. ¿Los dueños de los lugares que ofrecen música en vivo? En su mayoría, abusando del Estado ausente. ¿Los músicos? Desorganizados y aceptando las condiciones que el juego propone. ¿El público? En su mayoría desconoce esta situación. Esta mezcla de ingredientes da una ensalada agria que comemos igual para no morir de hambre los que estamos del lado más débil de la mezcla.

Con la experiencia propia como mayor fuente, puedo separar estos recintos habilitados para el desempeño de shows en tres categorías: “humillante”, “el mal mejor” y “digno”. Lo más alocado y apasionante de este mundo es que cada uno tiene seguidores fanáticos y detractores fundamentalistas por igual y las discusiones en torno a esta problemática llevan años de acalorados debates.

Los “humillantes”

Los “humillantes”, entonces, son quienes ven al músico como un ente con el que hacer lucro. Es así como los dueños de los bares humillantes hacen un cambio en el lenguaje y llaman “arreglo” al contrato laboral, “espacio” a sus escenarios y “seguro” al público que compra entradas para ver un espectáculo. Esta nueva terminología no sólo se adhirió a la jerga sino que, también, cambió la perspectiva de la negociación, sacando de eje la condición de trabajador y empleador que existió cuando el ser músico era considerado un oficio y no un hobbie -palabra que no hace más que minimizar las pasiones.

Los “humillantes” suelen ser lugares con escaso poder de convocatoria y creen fervientemente que la gente debe acudir a su establecimiento convocada por el músico únicamente, desconociendo el trabajo de producción, la búsqueda artística, la oferta de buenos productos y sin estrategias ni objetivos claros; seguramente entraron en el negocio sin tener conocimiento de lo que fueron los viejos “cabaret” de la Buenos Aires de los años treinta.

Suelen comenzar la conversación (incluso en algunas ocasiones siendo ellos los que proponen el trato) diciendo: “nosotros les damos el espacio para que toquen, den a conocer su banda y se muestren, el arreglo son 40 entradas de seguro y a partir del número 41 el 70% es para los músicos”. ¿Cómo sería esto en criollo? Muy sencillo: que se necesitan vender 40 entradas para pagar el alquiler de un bar que debería tener su negocio en la venta de su barra; que se ofrece un show en vivo en el que -al no ser considerado en los costos de producción, así como el servicio de mesa o el cocinero-, el artista pasa a ser como la cerveza en lugar de un trabajador más del staff. Y que, como si fuese poco, claro está, a partir de las 40 entradas el lugar también se queda con una tajada.

¿Cómo sobrevive un proyecto musical si necesita vender 100 entradas para poder pagar solamente el traslado de la batería? Todavía no lo descubrí, aunque estos “espacios” siguen sobreviviendo a los años en el mismo lugar aprovechando la situación y la desidia de los aspirantes a músicos profesionales. ¿El Estado? Ausente. La Ley de la Música sigue rebotando y esperando ser tratada con seriedad y si, bien, comenzó a funcionar el INAMU brindando cosas muy positivas como descuentos en pasajes, vales de producción y capacitaciones gratuitas, no existen mínimos establecidos para el jornal de un músico promedio, no existen inspectores que recorran los escenarios para hacer valer derechos que ni siquiera son adquiridos. No existe tampoco un fuerte apoyo de los músicos consagrados para que los trabajadores anónimos puedan tener condiciones aceptables de trabajo y muchos de los mismos músicos desconocidos aceptan contratos de esta índole. El tristemente célebre “Pagar para tocar”.

El “mal mejor”

El “mal mejor”, sin embargo, es el escalón siguiente al que los artistas deben escalar si quieren mantener su proyecto con vida. Estos referentes de los establecimientos son un poco más amables que los anteriores, pero conviven escondidos entre la “estandarización tácita” de los contratos laborales, jugando al límite y sabiendo que las condiciones están dadas para que ellos puedan mantenerse en ese lugar.

Estamos hablando de lugares chicos, con sonido aceptable que ofrecen su lugar con un “arreglo” de producción donde el 70% es para el productor y el 30% es para el dueño del lugar. Este trato fue importado desde el viejo teatro donde tenía coherencia. Los establecimientos se dedican a la producción del espectáculo, tomando riesgos, encargándose de ventas de entradas, de difusión, organización, equipamiento y tienen propuestas en sus carteleras en las que creen y entran las búsquedas artísticas que el lugar busca ofrecer.

Estos representantes del “mal mejor” descansan en ese acuerdo sin tomar lo que se supone para su posición de productores compartidos, no les interesa tener convocatoria propia en su lugar y cuentan cada día con que algún artista llene sus salas y recorra la prensa nombrando su flamante escenario. Lucrando con la venta de su barra y asegurando una parte de los costos de su noche con la entrada, nuevamente convocada por la producción de los músicos y en la que ellos no participan. Para profundizar la ridiculización ofrecen la opción de que el músico trabaje gratis y se pase una gorra para contar con mayor convocatoria, dejando al azar y la buena voluntad del público la única ganancia del trabajador del espectáculo. ¿El Estado? Totalmente ausente, si bien existe la ley 3022 que entrega subsidios a 13 locales para que respeten el trato del 70/30, no determina mediante una clasificación clara que permita saber cuál de esos lugares están aptos para el trato de producción y cuáles deberían tener la condición de productores o simplemente de recintos aptos para shows en vivo, debiendo absorber el costo de tener estos shows.

Espacios “dignos”

Seguimos con nuestra recorrida por los pantanos de la profesión y llegamos así a los “dignos”. Estos necesitan un poco menos de explicación, son aquellos lugares que simplemente entienden que el trabajo del artista tiene que ser remunerado, que la convocatoria es una mezcla del trabajo de ambos, que les interesa la música que se toca en sus escenarios y creen en los trabajos a largo plazo. No siempre la remuneración es la adecuada, pero por lo menos se parte de un puerto con buen clima, con lindo atardecer en el río. ¿El Estado? Nuevamente ausente en la negociación de los valores que los músicos deben cobrar por brindar su espectáculo en estos lugares. Los montos están librados a la buena predisposición de ambas partes. No existen mínimos ni ningún tipo de amparo para la parte más débil del trato. Así, los músicos quedan a la deriva en la pelea de actualización salarial y trabajo digno mientras el sindicato se pelea constantemente por las denuncias de fraude en las únicas dos listas que hay: al ganar una la otra denuncia fraude, al ganar la otra, la primera hace lo mismo. Algún día se van a morder la cola.

Es increíble, entonces, que Buenos Aires sea un enclave importantísimo de la música tanto de habla hispana como del resto de la música. Es casi inverosímil que Argentina sea un semillero interminable de talento, de pelea, de referentes, que artistas de todo el globo busquen venir a tocar a nuestro país aunque signifique perder dinero.  La realidad está más que complicada, pero la pelea está viva en la calle, muchas movidas independientes y autogestionadas pelean en primera línea incansablemente mientras el festival del marketing vende sus tickets al valor de tres días de trabajo de un empleado promedio con un año de anticipo, sin siquiera decir qué bandas van a tocar; apoyados en la figura de los bancos, la manija de los medios de difusión y las marcas de cerveza instalan los proyectos que ellos quieren instalar mientras ofrecen espacios a la marchanta y, claro está, sin remuneración para los aspirantes anónimos.

A la par, festivales importantes pretenden -bajo cuerda- que los músicos viajen 2000 kilómetros para tocar sólo por un cuarto del pasaje en micro; productores ofrecen a músicos locales y de reconocida experiencia acompañar a músicos internacionales consagrados por el valor del taxi de ida, sin importar cómo vuelven esos músicos a su casa; un bar en Palermo tiene un show internacional totalmente colmado de gente un martes a la noche y le dice a los músicos que no les puede pagar porque el barman le cobra el mismo salario que él pensaba destinar a cinco músicos, un sonidista y tres audiovisuales (grupo de trabajo de los músicos); un bar en Almagro, luego de una mala noche, le pide $200 a los músicos para pagar el sonidista contratado por el lugar; también hay muchos músicos que aceptan tratos que dan hasta arcadas, con tal de ver sus nombres colgados en un cartel. Y parece ser más fácil estar agazapado esperando que la planta del colega dé frutos para arrebatarla, en lugar de generar su propia cosecha. Eso sí, cuando bajan del escenario siempre hay alguien para decir “te felicito por lo que hacés”, sin saber si quiera los pormenores de permanecer, sin duda alguna, a una de las profesiones más abandonadas y más alabadas de igual manera; los entretelones no se ven y uno termina compensando lo cruel y cínico de las trastiendas agradeciendo que, por lo menos, uno logra sobrevivir dedicando su vida a lo que ama hacer.


*Foto de portada: Colectivo Manifiesto

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