Reapropiación y disputa

A 41 años de la última dictadura cívico-militar, las políticas de Derechos Humanos parecer ser una cuestión menor para el gobierno nacional. Entre la provocación y la desidia se cuela la ideología de una gestión que se define innovadora, moderna, despolitizada y resolutiva. Bajo este contexto, nos preguntamos por la memoria: sus lecturas y sus disputas, el lugar que el arte y la música allí ocupan, su temporalidad.

por Santiago Lecuna

Juan Diego Incardona es escritor, proyecta cine en el Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi) y trabajó en el programa Memoria en Movimiento, dado de baja por el gobierno nacional apenas asumió la nueva administración. Mariano Ugarte es periodista y responsable del Área de Música del Centro Cultural de la Cooperación (CCC), donde produce discos colectivos, libros y organizó ininterrumpidamente desde el 2006 el Ciclo Emergencia, evento que finalizó una etapa durante este año.

Desde su lugar, ambos trabajan con la memoria, concepto cuya riqueza, entienden, va más allá de traer algo del ayer al hoy.

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Incardona cuenta que, de chico, jugaba a la pelota en la vereda y al cruzar la calle fue atropellado por un Peugeot 504. El accidente no fue grave pero debió ser llevado a la salita de emergencia del barrio. El recuerdo es nítido. Menciona la marca del auto, los nervios de su madre y hasta reconoce su responsabilidad: no miró para ambos lados antes de avanzar hacia la calzada. Pese a la precisión con la que el protagonista recuerda, hay divergencias en el relato de los hechos. Otra memoria se erige sobre lo ocurrido aquella tarde en ese rincón de La Matanza, a escasas cuadras de la avenida General Paz. Esa versión cuenta que el accidente fue mucho más grave y que la vida del propio Juan pendió de un hilo. Que perdió litros de sangre y que su cuerpo rodó varios metros por el asfalto. Que el Peugeot 504 fue, en realidad, una camioneta o un ómnibus o un camión con acoplado.

“Alguna vez me morí en el relato oral de los vecinos que necesitan, tal vez, dotar de algo mágico a las casitas bajas, el lugar monótono, el barrio obrero o popular donde no pasa nada. Y esa exageración es como un plus que se le pone a las cosas que pasan en el barrio”. Así, el autor de la zaga matancera (que comienza con el libro de cuentos Villa Celina y continúa con las novelas El campito, Rock barrial y Las estrellas federales) se pregunta qué fue primero: “no sé si el Villa Celina que imaginé fue así porque de chico me gustaba la ciencia ficción y leía las colecciones de aventura, o si en realidad me gustaba eso porque vivía en Villa Celina”.

Lo cierto es que el género fantástico es el elegido para narrar “algo tan desproporcionado, tan exuberante, como es el conurbano, con tantas razas, lenguas, colores, campo, ciudad que excede los límites del realismo”. La elección va a contrapelo de la hecha por los medios masivos de comunicación. Estos sí escogen el realismo para narrar el conurbano, como si la simple descripción de los hechos (donde el foco está puesto en la inseguridad, la violencia, el narcotráfico, la carencia) fuera suficiente para mostrar la crudeza a la que están envueltas o expuestas tantas millones de personas.

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Pareciera ser que no hay una mirada unívoca sobre lo ocurrido. Y que las diferentes interpretaciones se friccionan para imponer sus sentidos. En referencia a la relación que tengamos con nuestro pasado, Mariano Ugarte afirma que “la memoria es básica y fundamentalmente un terreno de disputa política, social y cultural. Está en permanente construcción, es una reconstrucción del pasado desde el presente, con vistas al futuro. Mirar para adelante sin observar el espejo retrovisor indefectiblemente te hace chocar, eso pasa tanto en una autopista como en la historia”.

La memoria, por lo tanto, no está solamente acotada al tiempo pasado. Tienen incidencia en nuestro hoy, base a partir de la que se forja el futuro. “Debemos entender que la memoria no es sólo un recuerdo pasivo del pasado, una rememoración mansa”, sostiene Ugarte.

En esta coyuntura en la que el Presidente de la Nación, Mauricio Macri, dice desconocer el número de desaparecidos, el espíritu de época parece dictar que “hay que mirar para adelante, dejando atrás las diferencias del pasado”. Ante esto, el coordinador musical del CCC sostiene que, pese al barniz despolitizante que cubre ese discurso, se trata de una ofensiva de los sectores de poder en pos de una reconstrucción de la memoria bajo sus criterios.

“Los defensores del mirar para adelante, los de la teoría de los dos demonios, los que dicen que tener memoria sólo condiciona el futuro, son los mismos que sostienen que ‘si querés, podés’, los de la ‘revolución de la alegría’, los de la ‘modernización’ del Estado y varios slogans de los sectores de poder. Estos sectores, hoy cristalizados en Cambiemos, y en la Presidencia de la Nación, son actores fundamentales de la disputa por la memoria. Y no solamente de los hechos aberrantes ocurridos durante la última dictadura, sino en la memoria de cuáles fueron las causas y las consecuencias de la dictadura y de los distintos gobiernos del pasado”.

Desde esta mirada, pierde sustento el ejercicio de la memoria como una mera recolección de hechos. Incardona vuelve a la literatura: “En el cuento ‘Funes el memorioso’, de Jorge Luis Borges, el protagonista tiene una memoria compulsiva por absolutamente todos los detalles. Pero es la memoria por la memoria en sí.” Suscribiendo a la lucha que han llevado adelante Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, sostiene que estos organismos han servido para conjurar los hechos terribles del terrorismo de Estado frente a una ciudadanía silenciada, ya que “este no es justamente un país de ´Funes, el memorioso´, en todo caso era un país habitado por Funes, los olvidadizos.”

Si la reconstrucción del pasado va más allá de ubicar lo ocurrido respetando su orden cronológico, ¿de qué se trata entonces la memoria? “No es solamente recordar por el mero hecho de recordar, de traer al presente un recuerdo; sino de esclarecer un pasado, de buscar una verdad y una justicia. En el caso del terrorismo de Estado, se busca Memoria, Verdad y Justicia. Ahí por supuesto que se dan las disputas, los puntos de vista, las diferencias ideológicas”.

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Ante este panorama de una memoria interpretada por lecturas opuestas que están ancladas en tradiciones específicas, ¿qué lugar tiene allí el arte, la creación, la música? Ugarte considera que “la relación música y memoria es, por un lado, necesaria y, por otro, inevitable. Necesaria desde una perspectiva política y progresista que intente distanciar a la música, como manifestación artística-cultural de nuestro tiempo, de la visión de mercado. E inevitable porque la música no existe por fuera de las tensiones políticas, sociales, económicas y culturales. Si entendemos a la memoria como un campo de tensión, la música es una agente más en esa disputa”.

Se reconfigura, desde esta mirada, el lugar del artista comprendido como un ser extraordinario, aislado de la realidad social común. Pero, ¿qué puede aportar la música siendo una disciplina artística, es decir, caracterizándose por la imaginación creativa?

Para Incardona, “la literatura no está flotando en una burbuja sino que conecta con todos los aspectos de la realidad y va documentando distintas épocas, distintos imaginarios. Al mismo tiempo, creo que el arte y la literatura tienen algo de atemporal. Siempre se inscriben en tradiciones que pertenecen al pasado, a la historia de un país pero también la creatividad rompe con reglas. No puede estar atada a nada”.

Por su parte, el periodista entiende que “la música siempre está, aunque no quieras, y se relaciona con momentos, imágenes, sensaciones. Considero –por lo menos ha sido mi experiencia con los discos y ciclos que produje- que la música toca fibras que otros productos culturales no logra movilizar, o lo hace de una manera más efectiva, contundente y veloz.  La música condensa significados, interpela, moviliza y por lo tanto hace política”. Inmersa en su su tiempo histórico, la música puede aportar desde su lugar particular.

“Porque las artes van hacia el imaginario, conectan con fibras íntimas, con la emoción” sostiene el celinense, y agrega: “al relajar un poco la rigurosidad con el hecho tal como fue (que es lo que pretenden las ciencias), en esa libertad, la literatura y las artes calan más hondo en otras cuestiones que tienen que ver con los prejuicios, con los deseos, con los temores de la comunidad que después se traducen en ficciones o poesías.”

De esta manera, ejemplifica, “si uno lee El matadero, no importa si ocurrió o no, tiene un acercamiento (obviamente pasado por determinadas figuras como Esteban Echeverría y el romanticismo argentino) a la época y a la representación de esa época. ‘La fiesta del monstruo’, de Borges y Bioy Casares, un cuento bien antiperonista, tiene una aproximación a determinados prejuicios o temores de cierta clase social en la década del cuarenta“.

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La memoria y el arte se configuran, entonces, no como esferas desconectadas de los acontecimientos del hoy. Ugarte, desde una perspectiva sociológica, lo observa como una intersección de distintos campos donde, en el caso de la memoria, los distintos actores (Estado, mercado, sociedad civil) pugnan por la reapropiación y resignificación del pasado.

En un escenario donde las políticas por la Memoria, Verdad y Justicia no son una prioridad estatal, Incardona, a partir de su experiencia en los noventa, está expectante de lo que pueda ocurrir desde el under cultural: “Durante esa época surgió una contracultura interesante. Con el rock chabón se fue generando una cierta práctica cultural como forma de resistencia en los noventa. Creo que cuando las coyunturas son muy adversas, el under se vuelve espacio de resistencia. Y en ese entonces floreció el teatro, el arte callejero. Yo vendía en Plaza Francia y era una cosa increíble la vitalidad que había. Así que, en esta coyuntura social difícil, tal vez vuelva el rock barrial. No sé bajo qué forma”.


*Foto de portada: Natalia Calabrese | Foto de archivo: Archivo General de la Nación

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