La música como pensamiento

Un encuentro con Liliana Herrero y Pedro Rossi para reflexionar acerca del cruce entre la música y la memoria.

por Pablo Boyé y Sebastián Verdún

Fotos por Josefina Chevalier

-La memoria es un abanico enorme: puede ser una memoria sonora, una memoria social, una memoria política, puede ser todo eso junto. Una memoria estética. No creo que no haya una relación entre música y memoria. Nosotros preferimos explicitarla, tanto musicalmente como en relación a la memoria poética, musical y política. No hay una entrada privilegiada para la música, ni para nada, pero nosotros optamos por ese ingreso, esa entrada, esa especie de grieta entre aquello que pensás musicalmente, la sonoridad, el sonido que buscamos.

Boedo por la tarde. Febrero. Afuera, se amasan la tormenta y los festejos de carnaval. Liliana Herrero habla de un “nosotros” en el que se engloban ella y Pedro Rossi, sentado a su lado, pero que también incluye a Ariel Naón, Martín Pantyrer y Mario Gusso, músicos que la acompañan desde hace más de un lustro. Y es de esta manera que planta posición respecto a la pregunta sobre el vínculo entre ambos elementos, sobre la posibilidad de que exista alguna música que no entable ningún diálogo con la memoria. En todo caso, tal vez habría que pensar en una mirada de la música que, regida por los parámetros y los valores del Mercado, niega, rechaza u oculta esa relación. Porque “el Mercado -dice Liliana-, esa entelequia que, si tuviera una corporeidad podríamos reducirla a los medios y al dinero, es experto en olvido. Si es que el mercado fuese eso. El mercado es mucho más que eso, pero es experto en olvido”.

La memoria aparece, entonces, como el rescate de ciertos autores olvidados. Buenaventura Luna, “Cuchi” Leguizamón, Yupanqui, entre otros, si hablamos de Imposible, su último disco. Memorias que, dice Pedro Rossi, “yo creo que son necesarias. Creo que recordar a Mercedes, al “Cuchi”, a Yupanqui, es necesario, pero creo que el debate que viene después es bueno: qué se hace con esa memoria”.

Porque la memoria no es sólo recordar, mucho menos una simple contemplación de tiempos anteriores. Y si hay un lugar en donde ella no está, ese lugar es el pasado.

-La memoria es un proceso inacabado -dice Herrero- porque si no, bastaría con recordar y se terminó la historia. Y no, no se termina la historia, al contrario, cada vez te sorprendés con algo muy antiguo o con algo que vendrá. A mí, Random me sorprende, la verdad; escucho Random y encuentro ese García. La memoria es el futuro también. Hay una memoria del futuro.

***

Liliana habla de que “los tiempos tienen esa gracia de la simultaneidad”. Pasado, presente y futuro se conjugan en un mismo espacio, que no es lineal. “Son obstáculos en el camino”, nos dice, y sentencia: “Yo no tengo una visión lineal del tiempo, porque si tenés una idea lineal del tiempo el futuro aparece como algo mejor de lo que somos o lo que fue. Y si pienso que el pasado fue mejor de lo que estamos viviendo, quedamos aprisionados, ese pasado se transforma en un mito y los mitos te devoran”.

Tanta es la potencia, tanta la riqueza, en la música de ciertos autores, que entonces esa música, esos autores, se transforman en una posibilidad, en un punto de partida para crear algo nuevo. Un intérprete, dice Herrero, retomando a Morton Feldman, “es un creador de una creación. Si no hace eso, no es nada”. Idea que se completa con la aseveración de que “la música es un gran combate con aquellas personas que uno admira”.

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-Hay una frase linda que usa Liliana -comenta Pedro- que al menos a mí me sirvió para pensar esto. Ella dice, de todos los supuestos mitos -Yupanqui, “Cuchi”, Eduardo Falú-, que todos esos tipos nos están esperando, que nos esperan en el futuro. Es mucho más promisoria esa idea, me es más inspiradora que pensar que “Cuchi” compuso las mejores zambas que hoy día se cantan en todas las peñas del país. Si pienso que “Cuchi” me está esperando -que es un poco lo que nos pasa en el desarrollo con la escucha de la música: hay músicas que a ciertas edades no nos gustan, como el tango-, al esperarte te interpela y te pone en un lugar de diálogo.

-Yo prefiero arriesgar más, en el sentido de tomar un viejo tema, ver qué podés hacer con él y ponerlo en otro lugar. Eso es lo que a mí más me gusta, pero eso es una decisión estética y política, porque sino la historia queda condenada a la repetición. Si lo pensamos en el horizonte musical sería un error y si lo pensamos en el horizonte político, bueno, no tenemos destino. Prefiero pensar que es posible una entrada que no es mejor que el original y que no es mejor que otras entradas que puede hacer otro músico, pero que provoque un estallido -Liliana hace referencia a “Here Comes Lucy”, una interpretación de los Beatles que realiza la pianista japonesa Aki Takahashi-. Es al revés, es tan bueno el tema que podés ingresar a él desde otro lado y provocar una pequeña revolución. Yo prefiero ir de revolución en revolución. Esa es la verdad. En esas miniaturas que puede transformar un disco en alguien.

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El aire espeso de un febrero irrisoriamente caluroso hace que la conversación, por momentos, se vuelva más pausada. Las palabras se mastican con lentitud, las ideas fluyen densas. Hay silencios. Hay pensamiento.

-Creo que una vez que estás pensando en la memoria -dice Pedro-, la memoria empieza a pensar quizás a pesar de uno.

Sin embargo, reflexionar sobre ella no es una garantía de nada. Es importante y se trata, sí, de toda una forma de posicionarse política, cultural y artísticamente. Pero lo que no hay que descuidar es cómo eso se sostiene también a través de la música. Rossi retoma una frase de Ricardo Bartís, hombre del teatro, en donde se plantea que el camino es aquel en el que arriesgar es la meta, aun “sabiendo que no le vamos a mover el amperímetro a casi nadie”.

Arriesgar, así, como una forma deliberada de encarar un proyecto artístico. Para salir(se) de esos lugares que habitamos con comodidad.

-Es una frase muy dura -admite Herrero-, pero el arte o es incomodidad o no es nada.

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Liliana piensa en la literatura, en la pintura, en el cine, en la escultura; en el diálogo con esas otras formas artísticas a las que “hay que estar muy atentos, muy atentos. Por ejemplo, el caso de la bailarina alemana, Pina Bausch, que inventó un modo de micro-movimientos, mínimos movimientos. ¿Sabés? Encontrar eso en un acorde es fantástico. Es una búsqueda que no es fácil”. Probablemente, ninguna búsqueda a ese nivel sea fácil. Porque se trata de interpelar al otro, buscando comprometer y comprometiéndose uno mismo en ese hacer. El folclore, la música, arroja Pedro, “es un problema. En el sentido más inspirador, que me moviliza”. El verdadero punto de partida aparece como una puesta en cuestión y no como un terreno de certezas.

-La incomodidad -retoma Rossi- también es para uno. Mismo a Liliana le pasa cuando hacemos cada disco. Ella piensa una idea, tiene un concepto que lo viene llevando adelante con los arreglos, la música, la forma, y le agarran unos momentos de nervios, de: “che, qué hacemos?, ¿no tiramos todo esto para atrás? No le va a interesar a nadie. No le va a mover el amperímetro a casi nadie”. Pasa que ella mueve un amperímetro amplio.

-Todos lo hacemos -acota ella-, la banda funciona como un equipo, es una máquina de inventar.

***

El lugar del artista, en un contexto político-económico que hoy marca un claro retroceso en muchos aspectos de la vida cotidiana de las personas, es el del compromiso político. Ambos coinciden en esto. Sin embargo, vale la aclaración de que el escenario no es una tribuna, no el en sentido literal de la expresión: “es una tribuna política en el sentido de que vos planteás una audición diferente”.

-El sonido -dice Herrero- está sobre un altísimo nivel de estandarización. Esa homogeneización del sonido, del canto, eso es el corazón de la batalla cultural. El corazón de la batalla cultural es también que la gente no va a escuchar conciertos instrumentales, porque se aburre, porque no está la voz. Llevás un guitarrista o un pianista a la TV y los productores se agarran de los pelos, se pegan unos sustos terribles. Cada vez más, nuestra subjetividad está determinada por un formateo. Es muy peligroso lo que está pasando, pero culturalmente, ya ni siquiera hablando del macrismo. Culturalmente, en lo que se lee fácil, en la imagen. Ahí estamos hasta las manos. Por eso la revolución. Si hablamos de revolución, que es una palabra que yo amo y que no abandonaré jamás, aun cuando no se concrete nunca y sea lo que es, una búsqueda. La revolución es un sueño eterno, como diría Rivera. Aunque no se concrete. Y es a largo plazo, no es inmediato.

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Discernir sobre eso que el Mercado nos sirve en bandeja es complejo. El ejercicio individual es imperativo, pero tal vez no baste, tal vez sea necesario algo más. El año pasado, junto a Ariel Naón, Liliana y Pedro dictaron dos encuentros sobre Música y Memoria. Pedro arriesga un balance al decir que “de los encuentros, nos quedamos más con la idea de que la memoria y la música son un potencial gigante, enorme, que se inscribe en un montón de tradiciones en este país, de una manera particular, muy marcada por determinadas cosas, pero que siempre es estimulante y que nunca acabará”.

Herrero asume, con crudeza, que en gran parte la batalla está perdida y que si partimos de eso, quizá sea más factible generar algún tipo de interpelación que resulte movilizadora. Sin darle al arte una función de “transformación total” -lugar que probablemente haya que otorgarle a la práctica política-, pero sin negar, al mismo tiempo, que existe la posibilidad de generar pequeñas transformaciones en el que escucha. Ya lo dijo ella anteriormente: “miniaturas”.

-Nosotros tenemos que estar en condiciones de provocar eso. Si a mí me dicen: “a tu disco lo tuve que escuchar cinco veces”, para mí es un elogio genial. Nosotros estamos en contra de la idea de la música como adorno. La música no es un adorno, es un pensamiento.

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