Sobre dinámicas de trabajo no hay nada escrito

Las formas de encarar la producción de un disco son muchas, y no existen recetas al respecto. El productor, actor clave de ese proceso, muchas veces se ve investido con un manto negativo, que hay que empezar a desmitificar. ¿Cuál es su rol y cuáles son los límites de su figura? Algunas aproximaciones.

por Maxi Forestieri

Llegás a tu casa, te haces un café y te pones tu disco favorito con el que estás fanatizado en este momento -práctica diaria que muchos de nosotros debemos acometer, consumidores adictos de música tanto nacional como internacional.

En ese acto automático de dar play al disco, nos encontramos con una marea de sonidos, silencios, sensaciones, paisajes y cuántas cosas más que quedan libradas a la imaginación y a la subjetividad. No suponemos, sin embargo, que detrás de esa aparente superficialidad, hubo una dinámica de trabajo que no sólo condicionó el resultado final, sino que también puso su impronta de manera permanente por el resto de la eternidad.

Cada disco tiene su forma de ser encarado y, además, sus diferentes ramas de desarrollo y aspectos. Dinámicas que van completamente de la mano tanto con los estilos que el artista quiera trabajar, como con el resultado al que se quiere llegar. Lo primero que se genera es el vínculo entre los artistas y los responsables de transparentarlo y traducirlo a ese archivo Mp3 que reproducís a través de tu celular. Ahí tenemos el arranque del proceso, en el que, a la manera de una cadena, se empiezan a construir los eslabones.

Lo que se presenta, entonces, es la famosa figura del“productor”. Inmediatamente, se adhiere a la palabra aquella idea de que el productor es esa persona que dice a todos lo que tienen que hacer y que anda dirigiendo con batuta toda la cuestión. Sin embargo, el rol del productor moderno, a diferencia de lo que recita la creencia popular o de lo que era la generación pasada de productores (cuando la música se encontraba monopolizada por discográficas pesadas), es el de, por un lado, potenciar a todos los que trabajan para que cada eslabón de la cadena sea del acero más sólido posible; y por otro, encontrar la cualidad única de cada uno, para ayudar a construir la identidad a través de los recursos tanto musicales como técnicos.

Así, el productor trabaja para que los músicos no sólo rindan al mejor nivel que cree pueden tener, sino que ve en dónde y cómo cada uno se puede lucir más, generando las condiciones necesarias para esto; hay que recordar que si uno de los eslabones de la cadena está oxidado, o su material es pobre, todo el esfuerzo que podamos poner en los otros se irá a la basura. Incluso al momento de grabar discos en vivo -esto quiere decir, todos los músicos tocando juntos-, el trabajo minucioso y detallista sobre cada una de las líneas instrumentales sigue siendo un deber, para lograr los resultados pulidos y prolijos como los de otros estilos más industriales.

En párrafo aparte y a modo de paréntesis, es preciso señalar que la tendencia a grabar en vivo que estamos viviendo en la actualidad es un resultado de la prueba y error de los dos métodos de grabación más usados: la grabación en vivo directo a una mezcla estéreo (cuando los músicos tocaban y quedaba grabado exactamente como salía la toma, en balance de mezcla como de ejecución), y la grabación por capas (en donde se grababa primero la sección rítmica: batería, por ejemplo, luego bajo y así sucesivamente). Esta nueva tendencia que existe hoy en día, al menos en el plano de la producción independiente, consiste en grabar todos en vivo y luego, gracias al avance tecnológico, poder grabar de nuevo y/o editar cada uno de los instrumentos. De esta manera, ganamos lo mejor de los dos sistemas.

En los últimos años, la dinámica ha cambiado al punto tal de encontrar que la mayoría de los discos que salen hoy están coproducidos entre la banda y el productor; y a su vez, tenemos casos en donde el artista produce su propio disco, casos dados por lo general cuando el músico posee una larga carrera discográfica y tiene muy en claro qué es lo que quiere lograr. Aun así, la cuestión sería quizá saber cómo hubiera resultado ese disco con alguien que lo haya producido por fuera del artista mismo (Schrödinger, probablemente, nos diría que el disco sería excelente y pésimo al mismo tiempo).

Es así que los discos hoy tienen una tendencia fuerte a la coproducción. ¿Cómo funciona esto a la larga? El productor cumple aquí la función de ser ese miembro externo que otorga una perspectiva general de alguien que, en el momento de la ejecución, no está involucrado con ningún instrumento en particular, sino con algo superior a cualquiera de ellos: la mismísima canción. Y frente a esta palabra, todo el equipo de trabajo debe sacarse el sombrero.

Los grandes discos, esos que te tienen fanatizado y que no podés esperar a llegar a tu casa, café o mate en mano, para darle play y disfrutarlos, se caracterizan por el hecho de que cada canción está producida con esa estética que la banda y el productor se pelaron el lomo trabajando. Cada decisión nos encuentra en la búsqueda de sentir esa sensación fantástica de cuando encontraste justo lo que necesitabas. Necesidad bastante costosa y desgastante con la que convivir. Pero, al fin y al cabo, todos sabemos que esa meticulosidad se encuentra en cada uno de estos discos de los que nos volvemos apasionados. Sabemos reconocer que hay decisiones, y a través ese lazo de casi deidad que se genera con los artistas que admiramos, no sólo las aceptamos, sino que las veneramos. “¡Mirá qué increíble cómo en esta canción eligieron una bata electrónica en vez de una acústica!”. Nos parece fantástico, creativo, revitalizante.

Sin embargo, nos encontramos en una época en donde no es normal ser creativo, salir de lo convencional y romper con el molde. Para ello, lo que hay que perder es el miedo a dar el salto, y tener al mismo tiempo un poco más de ganas de provocar, de dar de qué hablar, de ser de los que marcan la tendencia y no quienes la siguen.

Presentarse con “fórmulas” a una producción discográfica, no sirve. Desde mi punto de vista, el factor humano tiene que prevalecer, y el cuidado de ese aspecto es prácticamente una garantía de que las canciones van a tener esa frescura propia de la identidad artística, eso que todos deberíamos encontrar. La magia pasa, creo yo, cuando las expectativas del artista quedan chicas ante lo que termina ocurriendo con la música que genera. Podemos tomar numerosos casos en los que, sin tener medida de lo que estaban por hacer, ciertos artistas cambiaron la historia de la música. Eso sucede porque evidentemente había un hueco artístico generado por el cambio de contexto social, principalmente, pero también porque detrás había un productor que, en mayor o menor medida, vio el hueco, metió el pase y, guiando el proceso, logró impactar de la forma en la que era necesaria.

La figura de este tipo, entonces, el productor, casi siempre está presente, buscando acompañar el desarrollo y dando las condiciones adecuadas para que el proceso creativo aflore, y  vos puedas llegar a tu casa, hacerte un café y poner ese disco que no te podés sacar de la cabeza.

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