¿Cómo se hacen los discos?

Una conversación con Rodrigo Ruíz Díaz.

por Pablo Boyé

¿Cómo se escribe un poema? ¿Cómo vuelan los aviones? ¿Cómo se hacen los discos?

La primera pregunta invoca al arte, la segunda a la ciencia. Ambas coinciden en un mismo punto: tienen algo de técnica y misterio. La tercera pregunta, entonces, tal vez se ubique en ese lugar inexacto en el que las dos anteriores se cruzan.

Es verdad que no hay fórmulas, para los discos (con los aviones, en cambio, el más mínimo error de cálculo puede resultar en el desastre), y si bien existen caminos trazados que sirven como referencia, es posible romper todos los esquemas e igualmente llegar a puertos luminosos.

Ese es el caso de La nueva suavidad, disco recientemente lanzado por RUDO a través del sello independiente Elefante en la habitación, en el que la propuesta de ruptura aparece desde el vamos:

—Este es un disco muy de buscar, de probar cosas. Es un nivel de producción que tiene que ver con elegir los sonidos: los samples, los audios. Como recorrido, no sé si había llegado a ese nivel de profundidad del trabajo, del diseño del sonido, del diseño del audio de las guitarras, de la batería, de los sintetizadores, de la voz. Nunca había profundizado de esa forma. Era un terreno inexplorado, pero que sabía que yo quería explorar.

De la cosa de hacer discos se puede decir que Rodrigo Ruíz Díaz, que es RUDO, sabía bastante antes de embarcarse en este nuevo proyecto, dado que fue miembro fundador de ChauCoco!, allá por el año 2006, banda con la que sacó tres discos;[i] pero también formando parte como músico-gestor de Elefante en la habitación, del que ahora sin embargo se ha alejado en términos de gestión y toma de decisiones, para ubicarse como artista del sello. Se puede decir que de hacer discos Ruíz Díaz sabía bastante y que, así y todo, el camino recorrido durante cuatro años para este nuevo álbum lo llevó a reaprender.

—Fue un camino largo, quizá más largo porque me puse el objetivo de resolver yo cosas que antes no resolvía. Sentía que había demasiadas cosas que ignoraba del proceso de hacer un disco, habiendo hecho ya tres. Fue una misión que me puse, y algo que se volvió una obsesión durante un tiempo.

Compositor, intérprete, instrumentista, productor. Desde la etapa cero de las canciones hasta el proceso de mezcla y mastering, cada instancia del disco estuvo en manos de RUDO, que aglutinó en una misma persona toda una serie de roles que suelen estar distribuidos en mucha gente. Eso, en principio, nos dice la fórmula. Pero no hay fórmulas.

Hubo, quizás, en este proceso de salida de lo grupal por parte de Ruiz Díaz, una necesidad de exagerar el gesto solista. En sus palabras: “tener el control absoluto, o hasta donde yo pueda, de todo lo que sucede”, que sería la contracara de la “negociación” extrema que se da a la hora de tomar decisiones en forma colectiva. Muchas noches de consultas con la almohada. “O con Youtube”, dirá él.

—Creo que es un disco bastante distinto. Siento que cada tema explora una línea estética que en mi cabeza tenía sentido y la fui llevando a cabo. Tiene que ver con una cuestión de madurez artística.

La madurez da cuenta del movimiento de la vida: nada es estático. En la música —y por qué no, en toda actividad humana— la madurez nunca se alcanza realmente, sino que es un proceso de crecimiento constante.

—Desde el primer disco de ChauCoco!, que salió en 2008, cambió un montón la forma de pensar la música y de hacer la música, de cómo producirla y cómo grabarla. Hoy en día todo el mundo tiene una computadora y se auto-graba. Yo siento que todo ese cambio que sucedió en estos últimos diez años a mí me afectó en la forma de escuchar, de ver, de hacer la música, y me parecía importante hacer un disco que estuviese atravesado por eso.

Esa madurez se escucha en el movimiento mismo del disco, que tiene muchas capas, en su despliegue energético que, aun cuando reposa en sus lugares más tranquilos, no pierde densidad ni fuerza. A lo largo de sus ocho canciones, por momentos nos invita al baile y por otros a la introspección, y en sus letras encontramos un lenguaje cercano y actual, a la vez que abstracto: no hay relatos definidos, sólo pistas.

—Me gusta que suceda que la letra te dispare algo. Las letras que estoy haciendo no son muy concretas, y dejan bastante vacío a que uno pueda llenarlas de sentido. Es más una sensación que se transmite en la canción, un estado de ánimo. Lo que espero es que la gente pueda conectarse con la música y que pueda sentir esas sensaciones: lo emotivo de la música, eso me parece que es lo más importante.

Foto: Josefina Chevallier

En la mente de Ruíz Díaz, originalmente, no iba a haber un álbum largo, sino dos EP; sin embargo, se le dificultaba encontrar la articulación necesaria, y fueron las mismas canciones las que lo guiaron para completar repertorio y concepto. Una de ellas es “Una historia perdida”, que cuenta con la colaboración de Tomás Ferrero, y la otra es “La nueva suavidad”, que casualmente o no, es el tema que termina dándole nombre al disco.

Pero, ¿por qué hacer un disco?

—Es un capricho. Hacer un disco hoy en día es un capricho y un privilegio. Yo sentí que necesitaba hacer un disco. Como RUDO, necesitaba hacer un disco. Ahora, que ya saqué uno, me entusiasma la idea de explorar la posibilidad de hacer simples, y la libertad creativa que eso a veces te genera, porque podés explorar un montón.

Si hacer un disco puede ser un proceso formativo, en el caso de RUDO, principalmente, se evidencia en el aprendizaje de haberlo gestado en soledad, aunque después se dio el lujo de contar con una cuidada serie de colaboraciones.[ii] Quizás, entonces, en este cómo se hacen los discos también esté implícito el cómo se hacen los músicos: cómo los procesos de los discos son los procesos de maduración de un artista, en donde cada álbum es la foto del resultado al que se llegó en un momento determinado.

Se trata de los nuevos comienzos. Si cada día amanece, todo el tiempo podemos estar volviendo a empezar, y eso no es necesariamente un retroceso, sino una forma de avanzar distintos. Nada es estático, pero también depende de cuán inquietos seamos lo que nos permita interrogarnos para poder salir reverdecidos. Es así que este disco, La nueva suavidad, es una invitación a revisitarse desde la inquietud.

¿Y qué es la nueva suavidad?

—Tiene que ver con una nueva forma de hacer las cosas, una nueva forma de relacionarse con las personas. Que un poco está atravesada por la deconstrucción de nuestra masculinidad, que nos atraviesa y nos seguirá atravesando toda nuestra vida, a la gente de nuestra generación. Cada disco es una nueva suavidad, digamos, un nuevo comienzo. Me parece que es un nombre que habla de un cambio, de una nueva forma de ver las cosas, más sana, más madura, más conectada con lo importante. Bueno, eso ya queda en cada uno.


[i] ChauCoco! es una banda imprescindible de la escena independiente porteña, que a lo largo de diez años nos entregó tres discos a los que siempre es bueno volver: ChauCoco! (2008), Dispersión (2012) y Las reglas (2015);

[ii] : Nahuel Briones, María Pien, GULI, Candelaria Zamar, Formica y el ya mencionado Tomás Ferrero.

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