La canción como regalo

¿Qué son las canciones? ¿Cómo se hacen, de dónde nacen? ¿Por qué las escuchamos y cómo nos interpelan? A raíz de una charla con Lautaro Matute en torno a estas preguntas y al lanzamiento de su reciente canción, “Para limpiar el camino”, este texto inaugura la serie Apuntes para la canción.

por Pablo Boyé

Hay canciones que son como una gema, piedras preciosas que un artista nos regala. Cuando aparece una canción nueva en el mundo, se adivina un brillo hasta el momento desconocido sobre las cosas, como si se abriera en el aire un nuevo ángulo de luz; lo que puede resultar un acontecimiento pequeño, pero jamás insignificante. Quienes estamos en el lugar de la escucha somos capturados por ese tejido inconsútil de música y palabras. La canción, cuando nos atraviesa y nos moviliza, nos atrapa. Nos habla al oído, desde adentro, para decirnos algo novedoso y primitivo al mismo tiempo: algo que sabíamos pero que teníamos olvidado, algo que es definitivamente nuestro –porque esto fue escrito para mí. “Hay canciones que de repente las escucho por primera vez y siento que en realidad ya las había escuchado”, dice Lautaro Matute; y es que tal vez siempre las llevemos dentro, como un magma, aun antes de que existan. “Hay también una especie de regalo generoso. Yo siento eso al escuchar: siento generosidad de alguien que comparte su experiencia para ver después a vos qué te pasa”. No es un hecho menor entonces cuando una canción nace o se descubre. Es un acto de entrega enorme y al mismo tiempo un ejercicio de apropiación. Un acontecimiento de belleza, sin dudas, al que hay que prestar atención. “Lanzo mi botella al mar –imagina Lautaro–, tal vez a alguien le llegue ahora, tal vez a alguien le resuene ahora o tal vez en mucho tiempo”. Por eso hay que estar siempre atentos. Y escuchar. Cada vez que hay una canción nueva en el mundo.

«El amor sin intimidad es como una canción que no se canta”, escribió Lorrie Moore en su cuento “El cazador judío”. Una definición del amor que también es una tesis posible para la canción. ¿Pero vale preguntarse qué es la canción? “No tengo un significado puntual –va a responder Matute–. Sé qué van significando algunas canciones que van pasando por mí, por componerlas o por tocarlas, por aprender canciones de otres, por sentarme a escribir con cierta necesidad de expresar algo o de ponerme a cantar algo porque me resuena”. Las canciones nos atraviesan y en ese cruce nos transforman y también ellas se van transformando en nosotros. Una idea que trae el historiador Sergio Pujol es que con el correr de los años tal vez la canción en sí misma haya devenido en un género; un género característico de los comienzos del siglo XXI, en el que se hibridan todo tipo de tradiciones. Si así fuera, de todos modos habría que pensar cuáles son sus límites, si es que acaso existen. Pero tal vez no haya forma de llegar a una respuesta que no sea perdiéndonos por los laterales de la pregunta, al mismo tiempo que se nos van abriendo nuevos interrogantes.

–Yo tampoco tengo tan claros qué bordes, qué espectro tiene el género canción. Pero me gusta que estén rotos, que no estén claros, que los intersticios sean los lugares de juego. Ir jugando fuera de esos límites me parece muy sabroso, porque también implica una escucha, una escucha realmente presente, y estar ahí viendo qué te pasa con lo que vas a escuchar.

Las palabras de Lautaro Matute resuenan como un eco que nos lleva, de la pregunta por la definición, a otras para las que posiblemente tampoco haya una respuesta certera: ¿Cómo se hacen las canciones? ¿De dónde nacen? ¿Cómo y por qué las escuchamos? ¿Cuál es el poder que tienen sobre nosotros?

Porque sin dudas las canciones tienen un poder. En el gesto de ir a tomar la guitarra y empezar a esbozar una letra y una melodía que intente canalizar un dolor del mundo hay una manifestación clara: la canción puede ayudar a sanar. Al que la crea y también al que la escucha. Es el caso de “Para limpiar el camino”, que es una canción-carta. Como reza en uno de sus versos, en una expresión de deseo, las canciones tienen la capacidad de llevarnos lejos –al igual que los aromas–, en el tiempo, en el espacio y sobre todo en lo que refiere a la espesura de nuestra emocionalidad, a la vez que pueden acercarnos –la canción como compañera– a un lugar de confidencia, de intimidad; y en ese sentido, en la canción que se canta hay también una forma del amor. El amor que a su vez puede ser un elemento clave en el proceso creativo, es decir, en el vínculo que se va desarrollando entre el artista y su obra.

–Hace poco, en una noche de mucho insomnio, se me apareció una idea: qué pasa si, tal vez, en realidad todo lo que une va laburando, para después sacarlo o presentarlo o compartirlo, tiene que ver con que eso te sirve para seguir relacionándote cada vez más con el material, hasta que realmente vos sentís la confianza con eso, hasta que lo terminás amando de alguna manera. Tal vez hay algo ahí, ¿no? Hay algo en el sentido de cómo también confiamos en lo que vamos haciendo. El proceso creativo nos refleja mucho. A mí de hecho me ha pasado un poco eso. Con estas canciones hubo un momento de no creer, de no creer en mí componiendo. Pero las vas tocando, vas alimentando la tierra… Y de repente me empezó a pasar de confiar, de intentar agarrarme cada vez más y decir: “confiá en lo que te pasó, si cuando la estabas componiendo o incluso ahora cuando te sentás y las escuchás, te emocionás, hay algo que ya es valioso”. Es muy importante, me parece, darse esos lugares del propio valor, o de encontrarse también los espacios amenos para compartir lo que une hace y sentirse abrazade, ¿no? Sentirse apañade por el entorno, para seguir haciendo, para tener ganas, me parece importantísimo.

Lautaro Matute habla de las canciones que van a integrar su segundo disco. Canciones-ofrenda, canciones-regalo. Canciones-carta, como él las llama. “Creo que fue como ir escribiéndoles a interlocutores para que después el mensaje vuelva”, explica y también reflexiona sobre la transformación del mensaje de esas canciones que, “ahora, cuando me pongo a cantarlas, es decirme a mí todas esas cosas que en algún momento le estaba diciendo a otra persona”.

Si todavía circula esa idea que dictamina que la melodía importa más que la letra en una canción, habría entonces que hacer un alto y señalar el equívoco, que lo es tanto aun si optáramos por invertir el enunciado. Como un tejido sin costuras, melodía y letra, música y palabra, resultan en la canción una misma sustancia, y en el cómo se construye esa trama a lo mejor haya siempre un dejo magia. De manera que acerca de la composición sólo pueden esbozarse caminos posibles y siempre personales.

–Elijo ir moviendo un poco el cómo voy a encarar el proceso creativo. Me gusta ese desafío de ir encontrando nuevos disparadores –cuenta Matute–. A veces sentarme a escribir solamente, escribir sobre alguna forma, sobre formas poéticas. Escribir un soneto y ver qué cosas aparecen. Escribir en métrica octosilábica, o escribir décimas. Y jugar un poco, primero, a entrenar ese músculo, ¿no? Escribir mucho de eso y ver qué empieza a salir y qué se va armando. Ya por el entramado mismo de la rítmica poética, y de la rítmica que propone incluso la rima, van sucediendo cosas, es como que se te aparecen palabras, se van proponiendo solas casi. Puede ser una forma linda. A veces surge desde la guitarra, a veces surge desde el escribir mismo, a veces desde sentarse a improvisar.

El trabajo del artista sobre la palabra es tan importante como el trabajo de la palabra sobre el artista. La letra de una canción se sirve del lenguaje y ese lenguaje, si bien podemos aislarlo por un momento para pensarlo como herramienta, como recurso para decir algo, también nos dice a nosotros; se nos escapa continuamente, porque el lenguaje no es simplemente una herramienta; es la forma en que construimos el mundo. Cada canción, así, de alguna manera es un decir acerca de ese mundo que vamos gestando a cada paso.

Cuándo una canción que nos conmueve llega a nosotros puede ser un instante imprevisible, pero no azaroso. Y si en todo caso concedemos en que su mecanismo puede estar regido por el azar, de cualquier modo siempre lo será bajo un signo de ventura. Como si esa canción no pudiera haber llegado en mejor momento de la vida, en el que alguien –el artista que la canta o una voz secreta encarnada en él– nos está diciendo: te entrego esto, que no es más ni menos que una canción, algo muy pequeño pero muy luminoso, y ojalá que con ese brillo, que ahora es tuyo, tu mundo pueda ser un poco mejor, o un poco más bello. Ojalá te ayude a limpiar el camino.

Quizás ahí se atisbe una posible aproximación al porqué escuchamos canciones. Al porqué, para quienes escuchamos canciones, la vida sin ellas no sería lo mismo.

–El arte a mí me la salva. El sentarme a hacer y el consumir arte. Realmente nos ha hecho muy bien. Creo que si hubiera un porqué –arriesga Lautaro Matute– ese porqué me gusta mucho. El rol del arte haciendo, dando, abrazando, un espacio para otra cosa. Eso. Dando un espacio para correrse de la productividad a la gente, a quien consume, a quien escucha una canción, a quien se pone a ver un cuadro. O a escuchar un podcast, incluso. A leer un libro. Me parece una función espectacular, una función hermosa. Tal vez ahí hay un porqué.

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