El mercado de todo play

¿Qué pasa cuando hoy en día internet es nuestro principal medio para acceder a la música? ¿Quién media el acceso a la música y qué representatividad cultural tiene lo que por nuestras orejas desfila? ¿Está mal pagar para que a mi banda la escuche más gente? ¿Y pagar para que yo escuche más bandas? Una indagación acerca de cómo descubrir nueva música sin que el camino se nos llene de pauta publicitaria.

por Alejo di Risio

El acceso a internet es libre, mas no universal. No se pide pagar entrada y casi nadie censura contenidos, pero no todo es tan utópico. Para poder recopilar, categorizar, indexar y disponibilizar la cantidad de data que internet ofrece son imprescindibles los organizadores de contenidos. El indisputable trono que otrora ocupaban los motores de búsqueda hoy sólo rige sobre los contenidos a pedido, que sabemos queremos encontrar. Pero la gran mayoría nos llega sola, mostrada por la pseudodemocracia de las redes sociales. Pos-llegada de la internet 2.0, concentrada con contenidos generados por los usuarios, priman hoy las páginas que habitamos, no las que visitamos. Aquellas a cuales continuamente volvemos. Son ellas el centro de la cuestión, ya que dictan quiénes y cómo median entre contenido y el usuario. Los motores de bùsqueda y las redes sociales se han convertido entonces en grandes curadores de información. Omnipotentes guías, que el camino de bits iluminan, nos alimentan de masticadas publicaciones. Si su sendero no está atado a nuestras prioridades sino a la de los auspiciantes de turno, ¿hacia dónde caminamos?

El debate no es nuevo. Cuando la radio era el único puente masivo entre oyentes y artistas, entregarle billetitos a los DJs de radio a cambio de pasar tu música supo ser terriblemente condenado. El soborno no anunciado para pasar al aire más temas by the fulanos se consideraba un acto de corrupción, y hasta incluso provocó el destierro de figuras emblemáticas de la radio estadounidense. Semejante acto de traición a los oyentes, la “payola”, es la principal razón por la cual el contenido que hoy en día vemos bajo pauta publicitaria lleva la palabra Sponsored. De YouTube ya nos acostumbramos, pero la práctica se esparce día a día por otros espacios. La reciente inclusión de contenido sponsoreado en Spotify muestra que la payola sigue vigente. El no ofrecer el aviso de forma clara, deja a esta decisión más cerca de la esfera de lo ilegal o, por lo menos, de lo moralmente condenable.

El panorama aparentemente ilimitado que internet ha habilitado es suficiente para abrumar a quien no sepa cómo y qué buscar. Si el acceso a la música que descubrimos está mediado por redes sociales sin códigos, y si ya sabemos que Facebook y Spotify muestran contenido con visibilidad alquilada, ¿cómo salimos de la burbuja digital? ¿Cómo evitamos que financien nuestros gustos? ¿Cómo vamos a conocer que lo que más nos vuela la capelu es un disco de funk africano si el mismo nunca va a encontrar camino a nuestros oídos?

El acceso por parte de los artistas a producir, subir y compartir música tampoco destila homogeneidad. La música electrónica requiere como condición sine qua non un formato digital; de movida, ventajea folkloristas con poco acceso a las redes en el área rural. ¿Qué representatividad de una escena cultural hay en la red de aquellos géneros y regiones atravesados por falta de conectividad? No porque las redes sean “libres” se las puede considerar representativas. Se estima que 9 millones de personas en el mundo hablan en quechua, pero la presencia de las lenguas originarias en las redes es casi nula.

Para no pecar de todotiempopasadofuemejoristas, cosechemos entonces las lindas flores que la web nos sabe regalar. Porque mal que mal, si ya nos juntábamos con quienes nos sentimos cómodos, ¿no serán sus gustos también parecidos a los nuestros? ¿No hay acaso sesgo o efecto burbuja en los círculos sociales, en las tribus urbanas? ¿No somos siempre las mismas jetas en los recitales de bandas amigas? El punto crucial es que la existencia del sesgo no significa que domine. De primera mano, mis amigos no miden algorítmicamente sus opiniones (al menos por ahora), no tienen el registro entero de a qué Fan Pages ya megustée, carecen de un interés en mostrarme lo que pienso y que eso me vaya a gustar, y no reciben sobornos para adaptar su opinión (al menos que yo sepa). Pero esencialmente y primando por sobre todo lo demás: no median el acceso a la música que descubro y disfruto.

De referencias parte todo sendero, y no por nada dicen que toda creación sin esmero es un inconsciente remix de la mente. Usar de punto de partida la asociación libre y la comparación de gustos es una opción: Musicroamer y Hype Machine son herramientas para descubrir música a partir de referencias previas y su extensa base de datos llega a inimaginables lugares de la escena argentina. El infalible caballito de batalla para música independiente global sigue siendo el Discover Weekly de BandCamp. Para nerds: blogs musicales, revistas independientes, cuentas de twitter especializadas y recomendadores. Para todas y todos está el infalible, el mítico, el único e inigualable: boca en boca. A preguntar sin parar, aquellos que menos comparten nuestros gustos son los más indicados para redireccionar nuestra senda de confort en la que, si nos distraemos, seguimos girando.

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