La importancia de llamarse Alfredo

El rol del periodismo en relación a la creencia de que no hay nada nuevo bajo el sol. La emergencia de un lenguaje propio del siglo XXI. La nuevas expresiones y su vínculo con el pasado. Una reflexión junto a Alfredo Rosso sobre lo que sucede en la escena actual del rock argentino.

por Pablo Boyé

En 1895, Oscar Wilde escribió aquella obra conocida como La importancia de llamarse Ernesto, según su traducción al español, o The Importance to Being Earnest, en su idioma original. Se trata, en verdad, de un juego de palabras: en inglés, el adjetivo earnest (serio, formal) evoca fonéticamente al nombre Ernest. En el pasaje de una lengua a la otra, el juego se nos escapa puesto que no hay nada en “Ernesto” que nos traiga algún otro sentido relevante. Hasta aquí, nada nuevo. Pero, ¿qué sucede con “Alfredo”?

En sí mismo, posiblemente nos pase lo mismo que con el protagonista de la obra de Wilde traducido al español, a menos que le sumemos el apellido Rosso y ahí, entonces, la evocación aparece, no ya desde la fonética, sino en cuanto a lo que su nombre, su figura, representan: la de una práctica periodística -hoy ciertamente en crisis- activa e inquieta, con el afán de la investigación y la rigurosidad necesaria que la acompaña, el espíritu crítico, la apertura hacia lo nuevo. Alfredo Rosso es sinónimo de periodismo cultural, de ese que nunca da por clausurada la posibilidad de encontrar expresiones novedosas de las que extraer alguna riqueza. No necesita más que plantear una situación para dejar en claro su postura:

-Voy a un recital. Invariablemente, el recital termina y voy a tener hambre. Tengo mi bolso, tengo mis discos, tengo mi libro. Me voy a comer, a leer mi libro y a repasar lo que vi. ¡Es una noche magnífica! ¿Cómo no disfrutar de todo eso? ¿Cómo perderte todo eso y decir que no existe?

Son muchos, sin embargo, los que niegan la existencia de una música nueva en las generaciones actuales, sobre todo en el ámbito del rock. ¡Se acabó la creatividad!, exclaman; y si no son muchos, sí por lo menos son los que tienen una mayor potencia de alcance, para con sus gritos tratar de acallar otras voces.

-La radio y la tele -sin embargo, nos recuerda Rosso- no obedecen al fenómeno que está ocurriendo. Nunca lo hicieron. Almendra, Manal, Los Gatos, nunca estuvieron en la tele, o muy poco. La gente tiene mala memoria, el rock siempre fue underground; el rock creativo, que desafía las pautas.

Desde el momento cero, Alfredo desafía y niega la creencia ampliamente difundida acerca de que no hay nada nuevo bajo el sol. “Cuando alguien dice eso -explica- tenés que fijarte quién lo dice y desde dónde. Generalmente es alguien que investiga poco y habla mucho”. Revolea el poncho para que se lo ponga quien le quepa, sin miramientos respecto de si se trata de medios masivos o alternativos. “Hay que mojarse los pantalones, hay que trasnochar, hay que ir al Matienzo, al Konex, a todos los lugares donde están tocando esas bandas, o al menos meterse en sus bandcamps. Si tu interés es auténtico, tenés que documentarte. Si no, callar, no está de más.”

Definiciones

En la puesta en circulación de esa creencia sobre lo nuevo, los medios de comunicación y los periodistas cumplen un papel fundamental. Pero la cuestión, en realidad, no es más que un falso problema planteado por el mercado y la industria, y reproducido por aquellos medios que retoman y continúan esas lógicas comerciales. ¿Cuál es, entonces, el lugar que deberían asumir los periodistas especializados en cultura? La respuesta de Alfredo va en clave de reflexión personal:

-El rol en el cual yo me encuentro cómodo es el de conductor, en el sentido de ser intermediario, de poner en contacto fenómenos artísticos en general, no sólo musicales; a mí me interesa difundir el buen teatro, el buen cine, también la buena literatura. Siempre trato de relacionar las artes. Me encuentro cómodo poniendo en contacto al creador con el receptor. Ese es mi rol principal. Y si en el medio facilito esa conexión, mi trabajo está bien hecho.

Descree de que el objetivo periodístico deba ser el de emitir una crítica, a la manera de un juicio, acerca de la obra de un artista; por eso, le molesta la práctica hoy muy extendida de puntuar con estrellas los discos o la simple adjetivación desde la mirada de lo “bueno” y lo “malo”.

-Hay una letra de los Ramones que me encanta, que es “We happy family”. O “Why Don’t We Do It in the Road?”, de los Beatles, que es una letra muy simple, dice: “¿por qué no lo hacemos en el camino? Nadie nos estará observando, ¿por qué no lo hacemos en el camino?”. Me parece una letra magnífica, es como un haiku japonés. ¿Qué nota le ponés a una letra tan sencilla?

El diagnóstico general: hay un problema de formación, que se juega en diferente niveles.

La tarea, más bien, tiene que ver entonces con crear junto a la obra, de ser a su vez creativos. “A mí me interesa una crítica honesta: qué le pasa al que escuchó el disco cuando escuchó el disco. Cuando me dicen que hay dos músicas, buena y mala, me parece absurdo, es un latiguillo. Hay música azul, hay música etérea, hay música pesada, evanescente, hay música impresionista”.

-Hay una música extraordinaria en el siglo XXI- dirá también, en algún momento de la charla, Alfredo Rosso.

Nuevos lenguajes

-¿Qué es lo que te interesa de una banda cuando escuchás algo nuevo?

-Depende. Entra una banda a hacer un blues clásico, muy bien hecho, los adoro. Entra una banda a hacer un rock cuadrado y bien hecho, y los adoro. Pero entra una banda y hace una tremenda deformidad, y los adoro el doble. Hay algo en lo imprevisible que siempre me gustó. Yo adoro al artista que no hace un disco igual al anterior. Por ejemplo, a mí me pareció magnífico que Kurt Cobain después de Nevermind hiciera In Utero, porque todo el mundo esperaba Nevermind II, y no. Porque la vida es así. A mí me gusta la música que expresa esa diversidad de la vida.

Ya se dijo antes: lo que sucede cuando encendemos la radio o la tele, no tiene nada que ver con los nuevos fenómenos que se vienen gestando hace tiempo en las escenas locales de nuestros días. En muchos casos, se tratan de “propuestas muy decentes”, dirá Alfredo, “pero que no te plantean grandes desafíos en lo que hace a la vida de todos los días, no te plantean las contradicciones del vivir, las contradicciones del caminar por la calle, del soñar, de amar. Te plantean las cosas en blanco y negro”. La búsqueda, así, pasa por otro lado, cuando lo que se busca en la canción es un hecho artístico: “vos decís: ¿pero cómo puede ser que tiren a un tipo de la tribuna y lo maten?, ¿o que violen a una chica, y a dos, y a cinco, y a mil? Ahí es cuando uno dice: ‘no es justo’. Convivir con eso es difícil”. Reflejarlo en el arte, también, pero es para Rosso el nudo de la cuestión: “cuando veo una película o una canción que me hablan de la imprevisibilidad de la vida, me afecta de otra manera”.

Hay múltiples bandas de nuestro aquí y ahora a las que Alfredo -quien además se declara fan del Festipulenta y partidario de los recitales cortos- observa con esa atención, e irán apareciendo como salpicando la charla constantemente para darle cuerpo y peso a sus ideas y observaciones: Rosario Bléfari, Marina Fages, Nikita Nipone, Superchería, Francisca y los Exploradores, Hojas secas, Cam Beszkin, Los Espíritus y Maxi Prietto solista. Rosso detecta la emergencia de un idioma, una lírica propia del nuevo siglo, que tiene que ver con el uso de giros más directos, una forma de escribir más “telegramática”, en donde la velocidad aparece como parámetro rector.

-Estoy leyendo ahora un par de libros sobre lo que es la velocidad en esta época. Hoy en día, la velocidad nos gobierna. Entonces, se está desarrollando una manera de escribir -lo veo en algunas letras- que tiene que ver con esa velocidad. La primera vez que me afectó fue con los Pixies: me di cuenta de que componían como primeras frases, como telegramas. Comparándolo con las oraciones declarativas de Jon Anderson, de Yes, o de Peter Hammill, te das cuenta de que hay un idioma que cambió. Pero no podría elaborar una teoría al respecto, son sensaciones.

¿Que sea rock?

Cada tanto, surge una pregunta. ¿El rock ha muerto? Las respuestas son disímiles. Tal vez, podríamos decir que no, que ha mutado o, mejor dicho, que está en constante mutación, desde sus inicios. Pero, ¿el rock ha muerto, Alfredo?

“Es una pregunta irrelevante”, dirá, porque lo que se pone en juego ahí es una discusión entre purismos que resulta interminable: qué es y qué no es rock, qué es y qué no es jazz, qué es y qué no es blues. “Muchas veces, detrás de esa aseveración -y acá tendría que estar un psiquiatra-, significa: yo envejecí. Es una discusión que no me interesa”.

Cerrar el rock en una definición es arrebatarle lo más propio que en realidad lo caracteriza. Alejarse de los purismos, que muchas veces también llevan a la canonización de determinados artistas (“¿por qué necesitas otro Spinetta?”, se pregunta Rosso), es fundamental para tener una visión crítica, sin nublarse la mirada.

-El rock nunca ha cambiado en su mestizaje y en su hibridez. Lo que no existía todavía hasta los setenta, o hasta la segunda mitad de los sesenta, es la cosa ideológica que va sumada al rock. Esa cosa que desafía un poco los postulados de la sociedad adulta. Pero el resto, el pop y los otros terrenos de la música popular, no son un arte menor; es un arte que simplemente no tiene un grado de politización o un grado de crítica social a lo mejor tan intenso. Pero se expresa de otras maneras -reflexiona.

Luego agregará que no se siente en la obligación de que le guste todo lo que escucha: “sí, sin embargo, siento una obligación interna de tratar de entender, que me parece que no es tan común”.

Si la respuesta aparente es que el rock sigue vivo, la conclusión de fondo es que no importa si se trata o no se trata de rock. Las nuevas generaciones -como, de alguna manera, siempre ha sucedido- han empezado a traer aires frescos a la música popular argentina y no verla es plegarse a una lógica y a una dinámica impuesta por quienes para nada les interesan las propuestas creativas, productores y difusores de creencias que se nos transforman en mitos (“¿por qué necesitás otro Spinetta? Disfruten del que ya tienen, cuya obra es enorme. Y hoy en día hay un Maxi Prietto, que es fantástico. ¿Por qué no disfrutás de Maxi Prietto?”).

El nombre de Alfredo Rosso, así, nos evoca la idea de que hay un tipo de periodismo cultural que puede comprometerse con su objeto y construir a su lado, formando parte pero tomando la distancia necesaria para mantener la mirada crítica, observar lúcidamente.

-A veces pienso: lo que se pierden los que descartan todo esto es que hay una alegría (guarda, no me confundan con el lema oficial), hay una genuina alegría. Yo estoy muy interesado en lo que está pasando, y si no me intereso más es porque el día tiene veinticuatro horas.

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