En la cancha se ven los pingos

¿Qué sucede cuando son los parámetros mercantiles los que marcan la relación entre Arte y Mercado? ¿Cómo pensar esa relación, siempre parasitaria, y una posible salida de la mano de la Política?

por Pablo Demarco

Entre chiste y chiste se me confundió

si me lleva el pingo o el pingo soy yo

Divididos, “Ortega y Gases”

El Arte y el Mercado se casan por conveniencia. Apenas consumado el matrimonio, el Arte se da cuenta de que lo ha entregado todo por casi nada. Desnudo y desdichado, se sienta en la cama, echa mano del laúd que yace a su lado -obsequio de bodas de su hermana, la Política- e improvisa una melodía dulce y unos versos tristes que desdibujan su pesar en el aire. Es lo único que sabe hacer, eso de transformar el dolor del mundo en belleza para hacerlo más tolerable. El Arte se abstrae. Repite su canción una y otra vez, introduce variaciones imperceptibles, cambia la entonación, corrige alguna nota. Su único tiempo es el de la música y, por un instante eterno, su angustia y lo que existe a su alrededor dejan de ocurrir. Su flamante esposo, entretanto, se ha levantado de la cama. Apoyado contra el marco de la puerta del baño, con la bata roja entreabierta y un cigarro humeante entre los dientes, el Mercado contempla al Arte, sonríe y murmura: con este pibe me voy a llenar de plata.

La relación entre arte y mercado no es simbiótica, sino parasitaria. El relato economicista que se empeña en explicar todo desarrollo humano por la acción del mercado falla invariablemente cuando pretende echar luz sobre los dominios del arte. Si podemos sostener que la fabricación a gran escala de objetos de consumo masivo sólo pudo surgir bajo ciertas condiciones de desarrollo mercantil, también hemos de señalar que los seres humanos producimos arte desde siempre y bajo cualquier circunstancia. Durante la Segunda Guerra Mundial, Oliver Messiaen fue capturado por el ejército alemán y enviado a un campo de prisioneros en Görlitz, donde compuso su célebre Cuarteto para el fin de los tiempos. La obra fue estrenada allí mismo, bajo la lluvia y con instrumentos decrépitos, frente a una audiencia de prisioneros y guardias. El arte no necesita del mercado para desarrollarse. El mercado necesita del arte para tener algo que ofertar cuando las sociedades capitalistas se las ingenian para establecer períodos prolongados de paz. El mercado es el parásito del arte.

Cuando el arte se mete en el mercado, surgen aberraciones como la publicidad. Cuando el mercado se mete en el arte, ocurren cosas aún peores. Por ejemplo, que el parámetro con que se mida una obra artística sea el mismo que se aplica para cualquier objeto de consumo masivo, es decir, su éxito comercial, criterio que suele ser adoptado por los propios artistas. En tiempos de vacas flacas y Estados ausentes, no faltarán quienes opinen que en la cancha se ven los pingos, donde la cancha son las condiciones económicas adversas en que el público tiende a ocuparse de cuestiones más urgentes -o menos sustituibles- que los consumos culturales, y los pingos son los propios productores de arte que habrán de agudizar estrategias para atraer hacia sí las pocas monedas que se derraman en un contexto recesivo de mercado.

El éxito de un objeto de producción masiva se mide por su capacidad efectiva de ser vendido a gran escala. Este parámetro puede aplicarse únicamente a aquellas producciones artísticas específicamente diseñadas para ganar mercados, pero ¿qué ocurre con el resto de las expresiones creativas? En la cancha se ven los pingos, y nada más que los pingos. No hay espacio en el mercado para otra cosa. El músico puede disfrazarse de mercancía para galopar por la pista, pero cuando cruce el disco de llegada ya no quedará nada de sí mismo ni de su búsqueda artística. Además, aquellas expresiones que no encuentren su lugar en el mundo del dinero quedan fuera de la competencia desde la largada.

El capitalismo no ofrece soluciones a este tipo de cuestiones. Solo sabe de escasez y exclusión, conceptos absolutamente ajenos al mundo infinito de la creación artística. La economía de mercado desalienta la capacidad creativa de las mayorías en la medida en que tiende a concentrar en unos pocos la capacidad de producir para muchos y, sin embargo, nunca hemos dejado de crear. En este sentido, creo que el arte debería ir al encuentro de la política, con quien tiene mucho en común. Dejar de pensar los productos artísticos como bienes que han de circular y competir en el mercado es el primer paso hacia el desarrollo de una política cultural emancipadora que permita fomentar y garantizar desde el Estado la creación universal de sentido como actividad humana por excelencia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s